Editorial de La Jornada: 27 años

Publicado el septiembre 19, 2011, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

Hace 27 años, cuando este diario circuló por primera vez, algunos pensaron que sería una aventura efímera, y no les faltaban elementos de juicio para suponerlo: parecía imposible que un proyecto informativo como La Jornada pudiera subsistir sin el visto bueno del poder público, apoyo empresarial ni respaldo de alguno de los poderes fácticos de aquel entonces. La precariedad material del periódico, surgido de una exitosa convocatoria a la sociedad y a los ciudadanos, y sufragado por éstos, se agregaba a las razones de aquel diagnóstico pesimista.

Los convocantes, por su parte, sin desconocer la fragilidad económica del diario, tenían clara la necesidad de disponer, en México, de un medio informativo independiente que diera visibilidad a los sectores sociales que hasta entonces eran ignorados por el país oficial, que ofreciera una alternativa al discurso hegemónico y uniformizado que reproducía el conjunto de los medios –casi todos sujetos al régimen por vínculos confesos o vergonzantes– y propugnara un país democrático, equitativo, justo, plural, apegado a derecho, tolerante y soberano.

Con la hostilidad gubernamental en contra, con el respaldo entusiasta y generoso de las comunidades académicas y artísticas y con la entrega de sus trabajadores y la solidaridad de sus lectores,

La Jornada fue convirtiendo su propuesta en práctica informativa y logró, en diversos episodios de la vida nacional e internacional, marcar una singularidad periodística: así ocurrió con el terremoto del 19 de septiembre de 1985 –que tuvo lugar justo el día del primer aniversario del periódico–, con el movimiento estudiantil de 1986-1987, con la elección presidencial del año siguiente, con la primera guerra del golfo Pérsico, con el alzamiento indígena que tuvo lugar en Chiapas en 1994 y con otros sucesos claves del acontecer político y social. En todos esos casos, el diario puso todos sus recursos humanos y materiales en el empeño de informar de manera libre y escrupulosa, de contar los sucesos en forma veraz y equilibrada y ofrecer la información con elementos de contexto y de análisis que permitieran al público hacerse una opinión propia.

Esta forma de ejercicio periodístico, cuya más reciente expresión fue la difusión, en México y sobre México, de la parte medular de los cables del Departamento de Estado obtenidos por Wikileaks, fue convirtiendo a La Jornada en un punto de referencia ineludible para la comprensión de la realidad mexicana, tanto en el país como en el extranjero. En forma paralela se fue consolidando la fidelidad de los lectores, lo que permitió al diario operar con una mínima certeza empresarial, incluso en un tramo de la historia nacional caracterizado por las crisis recurrentes, por la competencia despiadada y sin tregua y por la incursión, en el ámbito informativo, de grandes capitales que distorsionan el trabajo de los medios y lo reducen a una puja por mayores utilidades.

En estas casi tres décadas, en tanto, el país ha experimentado grandes avances, pero también retrocesos aterradores. Como resultado de la aplicación del modelo neoliberal en el país, el crecimiento económico acumulado de 1984 a la fecha se ha traducido en una obscena concentración de la riqueza nacional en unas cuantas manos; el avance tecnológico ha generado mayor dependencia del país respecto del extranjero; las inversiones en infraestructura y desarrollo social han ido acompañadas de más cuantiosos dispendios, desvíos y robos simples; persisten la marginación, la miseria y la discriminación; se ha disparado el desempleo, se ha perdido la autosuficiencia alimentaria y el paradigma económico oficial ha expulsado del país a una quinta parte de la población.

Ese modelo ha llegado, en la más reciente década, a su fase de barbarie: llevados al extremo, el adelgazamiento del Estado, la privatización de todo lo imaginable, la desregulación, el abandono de las mayorías, el darwinismo económico, la libre competencia y la obsesión por la utilidad máxima desembocan en la desintegración institucional, en la pérdida de presencia territorial de la autoridad, en grandes zonas geográficas y demográficas transformadas en caldo de cultivo para la criminalidad y en un aterrador proceso de fusión entre los sectores formales e informales hasta conformar, con los dineros de procedencia ilegal que ingresan a las cuentas oficiales, una economía delincuencial y una institucionalidad infiltrada.

Esa circunstancia, combinada con las tendencias autoritarias, oscurantistas y reaccionarias que hoy ocupan los segmentos principales del poder político, ha llevado a una trágica y exasperante pérdida de los avances que se habían logrado en materia de derechos humanos y políticos y libertades y garantías individuales, en tanto el robustecimiento democrático que podía percibirse hace once años se ha convertido en un déficit de legitimidad y de representatividad.

En este trance, los principios que dieron origen a La Jornada siguen siendo, más que nunca, necesarios y pertinentes, al igual que el ejercicio informativo que se deriva de ellos. A 27 años de haber circulado por primera vez, este diario refrenda el compromiso con su línea editorial y con la sociedad a la cual se debe, y agradece a sus lectores –los de 1984, los que ya no están y los que han ido naciendo de entonces a la fecha– la comprensión, la fidelidad, la lucidez y el espíritu crítico con el que abordan, día a día, estas páginas.

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