La batalla que sí había que librar: la de la plata – columna de @epigmenioibarra

Publicado el febrero 4, 2012, Bajo Columna de opinión, Noticias, Autor @gabriel_Mzuma.

Acentos – Epigmenio Ibarra/ 03 febrero 2012/

“El dinero ha aniquilado más almas que el hierro cuerpos” ~ Francis Scott Fitzgerald

En la guerra el orden de los factores sí altera el producto. Quien se lanza al combate sin tomar las medidas para quebrar económicamente al enemigo, desbaratar su moral, desarticular su base social y cortar sus posibilidades de reposición de bajas está condenado a la derrota.

Antes de disparar un tiro; peor todavía antes de desplegar masivamente a la tropa y además hacerlo con escándalo, hay que librar batallas que, simplemente, Felipe Calderón ignoró.

“En silencio ha tenido que ser y como indirectamente —decía José Martí— porque hay cosas que para lograrse han de andar ocultas”. Así debió haberse combatido al narco; desde sus cimientos. No con desfiles; no con arengas; no con spots.

Nadie habla de que se quedara el gobierno con los brazos cruzados frente al crimen; sino de que actuara con sigilo y eficiencia.

Y es que le urgía a Calderón, el boato de la guerra, el espectáculo de las armas, el estruendo de los disparos. Necesitaba, desesperadamente, silenciar voces críticas y articular el discurso de la “unidad nacional” en torno a su persona y su proyecto.

Su única oportunidad de armar consensos era desatar el infierno de la guerra. En medio de la muerte podía plantear la falsa disyuntiva: o conmigo o contra México. El miedo y la violencia legitimaban su discurso; limpiaban su imagen; daban sentido a su gobierno.

La paz, la promesa de seguridad y tranquilidad era entonces —hace cinco años— y es hoy —en la víspera del proceso electoral— menos importante que la realidad de la guerra porque la guerra vuelve ciegos a los pueblos. Porque la guerra uniforma, achata, deslava voluntades.

Porque de la guerra y el discursos patriotero se alimentan los regímenes autoritarios. Porque en la guerra no hay opciones y sólo una voz se escucha: la del jefe. Porque en la guerra oponerse es traicionar, criticar es colaborar con el enemigo.

Fracasada en todos los órdenes algo tenía que encontrar Felipe Calderón que marcara su gestión. Le urgía una victoria —al menos una— y pensó que, contra una fuerza como el crimen organizado, bastaba sacar tanquetas y soldados a la calle y comenzar a disparar.

Tres veces más droga se consume hoy en nuestro país. El número de adictos en Estados Unidos también ha subido; droga no les falta y les llega de México. Desaparece un capo y surgen cien. Los criminales que antes eludían el combate con las fuerzas federales hoy los superan en número, poder de fuego y muchas veces en coraje.

El fracaso de la estrategia de Felipe Calderón está a la vista. Sólo le queda defender su cruzada a gritos; sólo le queda sacar raja política de ella y en eso él, señor de la guerra sucia, no conoce límites.

También le queda a la mano su enorme aparato de propaganda —que nuestros impuestos soportan— y quizá hasta la cabeza del Chapo Guzmán o algún otro capo de importancia para “vender” la idea de que la guerra, pese a la aplastante evidencia en sentido contrario, se va ganando.

Pero eso no pasará de ser otra mentira, porque a Calderón se le olvidó, entre otras cosas, el dinero.

“Es la economía, estúpido”, decía Bill Clinton y también para la guerra vale la advertencia. Sin tocar las fuentes de financiamiento del narco, sin cortar su casi inagotable capacidad de corrupción, poco o ningún sentido tiene lanzar operaciones militares.

Y si en cualquier Estado empeñado en una guerra la corrupción, asociada al conflicto, debe considerarse un factor de desgaste estratégico, más debe hacerse en México. Aquí donde la corrupción es la verdadera piel del sistema político; el mal endémico; la tragedia nacional.

Con dinero compra el narco voluntades. Con dinero compra apoyo, información, seguridad. Con dinero paga el narco a los sicarios; seduce a los jóvenes desempleados y sin oportunidades; corrompe a militares, policías, jueces, fiscales y funcionarios civiles de todos los órdenes de gobierno.

Con dinero entra el narco al andamiaje de la economía nacional; se convierte incluso en uno de los soportes del tan cacareado éxito macroeconómico de este gobierno. Con dinero se cuelan los criminales a los bancos, las empresas, las familias; todo lo tocan; todo lo pervierten.

Y ese dinero fluye sin cesar. Y ese dinero es muerte.

Ocupado en disfrazarse de general. Embelesado con su propia retórica. Obsesionado con la propaganda y sacando provecho de desfiles, tanquetas y uniformes, Felipe Calderón no ha cerrado las llaves de la plata.

No las ha cerrado porque mientras la plata fluya será el plomo el que decida nuestro futuro, y eso, me temo, es lo único que, a estas alturas, puede garantizar tanto la continuidad de su proyecto como el manto de impunidad, que después de su trágico y fallido mandato, necesita.

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