#ESTRATEGIA SOCIALISTA: MOVILIZACIÓN CIUDADANA Y DEMOCRACIA RADICAL

Publicado el julio 26, 2012, Bajo Política, Autor Nonoy.


Publicado en la Revista la Zurda No.9 Julio. Articulo de ALBERTO CARRAL, HERÓN ESCOBAR, IVÁN PEDROZA

Tras dos décadas del trauma conceptual generado casi universalmente por el ocaso del llamado “socialismo real”, hablar de socialismo hoy en día parece cada vez menos un acto de nostalgia descabellada y se presenta como una alternativa a un modelo de civilización desfalleciente.
La utopía socialista ha mantenido la autenticidad de sus objetivos, que desde la Primera Internacional de 1864 plantearon exigencias que siguen vigentes: la cancelación de una sociedad clasista, la abolición de la explotación infantil, el mejoramiento de las condiciones laboral y económica de las mujeres, la relevancia de mantener el movimiento sindical y recurrir a la huelga como instrumento de lucha emancipatoria; combatir la propiedad privada de los bienes de producción, y desaparecer los ejércitos como medios represivos.

La recuperación electoral de la izquierda en América Latina en los albores del Siglo XXI, significó la conformación de gobiernos socialdemócratas y socialistas que enfrentaron con creatividad los dogmas políticos que la ola neoliberal propagó en el último cuarto del siglo XX; el imperio del libre mercado; la democracia como un sistema meramente electoral; la inevitabilidad del capitalismo; la necesidad de acoger valores occidentales para erigir un sistema democrático; la incompatibilidad entre el derecho del Estado nacional y los derechos de los pueblos originarios y de las minorías; la especialización económica regional y nacional; el combate a la pobreza mediante políticas compensatorias; el bienestar como atributo de una sociedad consumista; la desarticulación de las estructuras de la economía pública, de los mecanismos de intervención estatal, de regulación y planeación; la seguridad como un asunto de fuerza pública; la eficacia de los sistemas de seguridad social privados, etcétera. Todos ellos, perniciosos lugares comunes producidos por la Guerra Fría que se liberó en el terreno ideológico de las aulas, las tribunas y los medios de comunicación .
Las experiencias recientes del socialismo y la socialdemocracia en nuestra región han rechazado la hipótesis de los agoreros del “fin de la historia” sobre el advenimiento de un mundo capitalista unipolar, unido por los valores de la cultura occidental europea y anglosajona. Aparente paradoja, la extensión del liberalismo hacia los regímenes políticos ha desencadenado la eclosión de fuerzas culturales y sociales diversas que suman a individuos y colectividades en torno a ideales de transformación radical, ahora en la escala de la globalidad articulada con las localidades y en las múltiples dimensiones de la posmodernidad.
Simultáneamente, es en la sociedad civil donde han brotado innumerables signos de un profundo malestar con el modelo económico y político desde hace, cuando menos, cuatro décadas. Dentro de una crisis de la civilización que ha significado la degradación y la destrucción del medio ambiente en su sentido no sólo natural, sino sociocultural y material, cada vez parece más difícil aspirar a un mundo equilibrado dentro del orden capitalista.

Involución capitalista
Cuando la viabilidad misma de la especie humana sobre la Tierra está en entredicho, las superestructuras que justifican la permanencia del capitalismo son más frágiles de lo que creíamos. No obstante, la lucha política también revela sus límites, pues modificar la correlación de fuerzas puede resultar en vano si el ejercicio del poder no es capaz de asegurar un desarrollo sostenible de la humanidad. Es momento de replantear el concepto de acumulación global, ya que puede conducir a un agotamiento acelerado de los recursos. El horizonte post hegemónico aparece como una disputa por los últimos frutos de un mundo arrasado por la codicia, en que los actores principales son las grandes corporaciones representadas y definidas por la potencia norteamericana y los estados subordinados.
Ante el desafío económico de naciones como los países BRICS que han experimentado un desarrollo meteórico, los residuos de la hegemonía del capitalismo estadounidense intentan obtener mayores garantías para continuar la explotación en el momento en que las grandes potencias sean sustituidas por unas nuevas.
En el capitalismo global del mercado, las contradicciones de clase nos se han superado, sino que se han complejizado; ello ha provocado la superposición y la dilución de las fronteras que separan a los grupos sociales. Siguiendo a Gramsci, podemos afirmar que en un contexto de escasez y de cortoplacismo, la organización de las clases trabajadoras para promover transformaciones estructurales es vital para la conservación de los medios e insumos de producción, así como para supervivencia de la humanidad.

Estrategia socialista
Es hora de plantear una nueva forma de la “guerra de posiciones” que desarrolló Gramsci mediante metas políticas para vencer las inercias y las costumbres que impiden la politización de las masas: entender a la democracia no como una serie de prerrequisitos ni como un conjunto de procedimientos institucionales, sino como una forma de ejercer y construir una ciudadanía social dentro de una democracia plural y radical, tal y como proponen Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en Hegemonía y estrategia socialista.
Ello implica combatir la estrategia de cerrazón del régimen bajo la forma de la burocracia, que consiste en un poder en sí mismo. Como señalaba Max Weber, la organización burocráticas en “el medio formal más racional que se conoce para lograr un control efectivo sobe los seres humanos”. También, pugnar contra las tendencias del sistema político como un sistema cerrado, donde más que una reconstrucción de símbolos y de escalas de prioridades, ocurre tan sólo una circulación de cuadros y una renovación de los pactos entre las élites.
Por ello, las fuerzas políticas de izquierda deben ser muy cuidadosas en no reproducir los rituales burocráticos que suelen caracterizar a los partidos políticos tradicionales, así como evitar la conversión de la toma de decisiones de la representación popular como un botín que puede ser repartido a discreción.
Cuando Mouffe y Laclau hablan del “retorno de la política” conminan a que la organización conduzca a la posibilidad de una nueva hegemonía social con un amplio reconocimiento. A este respecto, tenemos ejemplos muy cercanos en que un gran número de personas se han identificado con un proyecto colectivo, como el movimiento indígena que fundó el Estado plurinacional en Bolivia, la revolución popular bolivariana en Venezuela, la insurrección político-electoral que derivó en la nueva Constitución del Ecuador que consagra plenos derechos sociales, el pueblo cubano que resiste los embates imperiales, o bien, el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) de Andrés Manuel López Obrador.
Estos movimientos heredan grandes historias de autogestión en los barrios, las colonias y los pueblos, como son: los comités de defensa; la formación de grupos de capacitación política, de educación y de apoyo a la gestión de servicios, o bien, la consolidación de organizaciones autónomas de masas. De esta manera ponen al día el antiguo debate de la Primera Internacional entre las visiones centralistas y las federalistas: el imperativo de resistir a la dominación mediante relaciones cooperativas desde las comunidades, donde es posible construir un poder popular. Las fórmulas de economía solidaria, cooperativismo, precios justos, acciones afirmativas, mercados locales, patrones de vida sustentable y demás expresiones de activismo social, son los mecanismos más eficientes para desarticular las del consumismo, la dependencia y la precarización de las condiciones de vida.
Es así como el socialismo plantea una contraposición al secuestro de la política. Cuando las cúpulas de los partidos mayoritarios en el Congreso se reparten los presupuestos y los cargos, cuando el movimiento territorial se convierte en una estructura clientelista para repartir migajas, debemos construir una plataforma de legitimidad para avanzar en todas las posiciones de poder, incluyendo el formal e institucional.

Retorno de la política
Ante la erosión de las fronteras y la disminución de las atribuciones poder del Estado, existe un gran potencial para hacer que la autonomía relativa del Estado coincida con una amplia agenda social. Al conservar la integridad ideológica, se deconstruye el poder y se abre la posibilidad de una transformación popular del Estado desde una nueva concepción de la participación democarática.
No se trata de aceptar al sistema de la democracia electoral como una circunstancia dada e inamovible. Por el contrario, el sufragio libre ofrece muchas ventajas a una sociedad para deliberar acerca de las prioridades públicas, para exigir cuentas a sus gobiernos, para participar en las decisiones del más alto nivel.
La inutilidad del sistema de “votas y te vas” significa el agotamiento de un modelo conservador de cultura política y de diseño institucional, mas no la prueba del fracaso de la vía democrática. Por el contrario, obliga a que la izquierda adopte el compromiso de una democracia radical. Como señaló en el número 4 de la Zurda el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, “el capitalismo concibe a la democracia como un instrumento de acumulación; si es preciso, la reduce a la irrelevancia y, si encuentra otro instrumento más eficiente, prescinde de ella…”.
Recordemos que las agrupaciones de la izquierda que se incorporaron en la competencia electoral, dejando gradualmente la clandestinidad y la marginalidad, aceptaron el sistema jurídico vigente bajo la premisa de que la equidad permitiría una participación sostenida y profunda en la vida política con garantías a la integridad de sus vidas y de sus organizaciones.
Por ello, las cúpulas de izquierda que sólo propugnan por prebendas y espacios políticos deshonran el sacrificio de cientos de miles de militantes al negociar el cumplimiento de la ley. Intervenir en el juego político no significa aceptar incondicionalmente reglas que fueron concebidas con el objetivo de alcanzar la funcionalidad sistémica más que la satisfacción creciente de las necesidades humanas. Es grave que la izquierda tenga una memoria corta, pero sería funesto que terminara como un agente que convalide la opresión como un supuesto rasgo estructural e inalterable de la modernidad política.
Existe el riesgo permanente de que la efervescencia social no tenga dirección y, en ese sentido, no es el caos el escenario más peligroso que enfrentamos, sino la intervención desmedida y subrepticia de los intereses hegemónicos. Al amparo de un falso Estado de Derecho, en nuestros días, paradójicamente son las grandes transnacionales, los oligopolios y las cúpulas eclesiásticas quienes han optado por la clandestinidad como vía de acción política. Y la izquierda se manifiesta abiertamente.

Por una democracia radical
Debemos sustituir esa ancestral esperanza de que las clases trabajadoras apoyen espontáneamente a los movimientos que buscan transformar o sustituir el capitalismo. Con mayor razón al comprobar que en nuestro país el desmantelamiento del Estado de bienestar no tuvo los efectos críticos en la opinión pública que hubieran podido preverse, en gran parte debido a las válvulas de escape de la migración, la informalidad y la multiplicación de trabajos precarios.
No podemos desperdiciar las posibilidades de la acción parlamentaria, de la gestión, del debate político y de la legislación. Los propósitos de nuestra Constitución Política han sido vejados y encontramos un gran número de modificaciones en el tema laboral, agrícola y de política económica que han perjudicado a las grandes mayorías.
Debemos defender los derechos constitucionales, los que nos dieron una educación socialista y universalista, los que devolvieron a los mexicanos la propiedad de los hidrocarburos y la energía eléctrica. En síntesis, debemos impugnar las falacias que sostienen el argumento conservador del supuesto “Estado de Derecho” y así impulsar el ideal de un Estado social y democrático de Derecho como una forma eficaz para un ejercicio popular de la soberanía.
Junto con la reforma radical de las instituciones, la izquierda debe apostar por la movilización social. La resistencia civil pacífica es por hoy el medio idóneo: lleva la acción colectiva más allá de los límites formalistas del Derecho y se vale de él para exigir una correspondencia entre la ley y la voluntad popular. Sustituye la obediencia y la resignación por la libre expresión de opciones de transformación, con respeto a los propósitos de la comunidad política: conserva y recupera los vínculos de solidaridad sin recurrir a la violencia. Al construir comunidades, desafía la autenticidad del orden legal sin perturbar la paz y la concordia. Contrasta una legalidad sospechosa con el recurso implacable de la legitimidad.
La resistencia civil pacífica desnuda el absurdo del empleo de la fuerza coercitiva del Estado contra sus mismos ciudadanos. Mediante el ejercicio radical de los derechos políticos, revela la fuerza bruta que subyace en el autoritarismo de la derecha y señala la responsabilidad de los potentados en la creación de las condiciones socioeconómicas precarias que despiertan la polarización política.
En este sentido, el movimiento de Andrés Manuel López Obrador ha sido el proceso más relevante en la historia reciente. Sin causar heridos ni mucho menos muertos, millones de mexicanos integrantes del Gobierno Legítimo han preservado el ímpetu del despertar político de 2006 y han desbordado ya las estructuras convencionales de los partidos políticos, han trascendido los plazos estrictos de las jornadas electorales, han rebasado las motivaciones clientelares de la militancia política y han enfrentado con alternativas las consignas de los medios masivos de manipulación. Se ha sostenido a base de la coherencia y la actualización: en la defensa de la propiedad de la Nación sobre los recursos energéticos, en el apoyo a la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas, en el rechazo a una política de seguridad violatoria de los derechos humanos, etcétera.
Encaramos la posibilidad de recuperar la política mediante la construcción de un “nosotros”, como dijo Norbert Lechner, que reúne las subjetividades bajo la condición objetiva de la ciudadanía. El ciudadano aparece entonces como sujeto capaz de actuar en el papel histórico de transformación del régimen y del sistema político, y ya no como el individuo-objeto casi incapaz de construir y deconstruir su realidad en los esquemas del liberalismo clásico, el ser humano que certeramente describió Marx en su concepto de la enajenación del proletariado.
Una estrategia socialista debe definir un proyecto de largo plazo para el país. El Proyecto Alternativo de Nación encarna estas aspiraciones colectivas. Proyecto, porque establece las vías, los métodos y las metas para construir una sociedad justa. Alternativo, porque representa un giro completo con respecto a los intereses que la clase política ha convertido en las directrices de las políticas públicas y de la legislación para sortear las coyunturas sin atender a las grandes mayorías. Nación porque favorece la multiplicación de los actores políticos relevantes, de tal manera que cada ciudadano se convierta en un político, miembro de una nueva comunidad cuyos factores de cohesión sean la equidad y la justicia.
Sin olvidar estas metas, debemos mantener la mirada en el objetivo a largo plazo de la instauración del socialismo. El socialismo encara el absurdo de una política sin polis, como los clásicos griegos enfrentaron el reto de diseñar una forma adecuada de asociación entre personas para la toma de las decisiones colectivas.
El socialismo como opción distinta al capitalismo desenfrenado, resulta más pertinentes en la etapa de una crisis generalizada que se ha manifestado con particular crudeza en los efectos del cambio climático, en la crisis financiera internacional y en la articulación de redes de intereses transnacionales perjudiciales para la estabilidad global.
Ello exige vincular la ética y la política, es decir, las necesidades de millones de personas trabajadoras en la libertad y en la igualdad. La política como medio y como fin es posible cuando se expresa firmemente la imaginación social y se vislumbra una esperanza de regeneración. La utopía es la clave para que la realidad social conjure los designios de las clases dominantes.

COMENTA TAMBIÉN SIN FACEBOOK: