Las nuevas civilizaciones: Diseñando la realidad

Publicado el agosto 2, 2012, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.


Por: Eduardo Torres / http://www.poderciudadano.mx / Twitter: @utopiconstructo
“Un mapamundi que no incluye la utopía, no vale siquiera la pena de ser mirado” Oscar Wilde

Observo que los países que recientemente han sufrido o siguen sufriendo atribulaciones socio-políticas han tenido un pasado esplendoroso. Egipto tuvo una civilización antigua de tamaños titánicos. Grecia sentó las bases de nuestra civilización desde el Mediterráneo. España fue cuna de muchos pueblos, incluso algunos olvidados. México fue un magnifico lugar de pueblos sabios que también miraban al cielo y construían pirámides.

La pregunta que sale casi de inmediato es pensar si todo esto está siendo casual, o si no hay nada que no sea fruto de la causalidad.

Hay muchos más países que sufren y que están ocupando las calles, sin duda, pero entre ellos los que tienen un legado histórico tan trascendente como el nuestro, probablemente estén efectuando un paso mayúsculo, uno cuyas repercusiones son resaltables.

Los cambios son reacomodos, pero luchar por la justicia y la dignidad no es un simple reacomodo, es retomar lo que nos había sido robado, es atreverse a conocer lo que muchos sólo han oído hablar. La justicia bien puede ser una utopía en si misma, la alaban y la mientan, pero nadie la conoce con certeza, al menos no en estos y muchos países que sufren en carne propia el despojo y la ignominia.

El pueblo clama, el pueblo sale a las calles y se operan en él ecuaciones hasta hace poco, desconocidas, o simplemente acaso, olvidadas. Si somos los descendientes de las generaciones que ocuparon el pasado, de las que construyeron el esplendor de las grandes ciudades maravillas de la humanidad, no sería extraño entonces que ahora estemos conectando con nuestra esencia. Antes ya lo he mencionado, somos gente maravillosa llevando a cabo actividades comunes y corrientes; al menos, hasta que despertamos y nos percatamos del tamaño de personas que somos las que estamos pisando las calles, ocupándolas con nuestro pleno derecho.

Bajo la óptica de pueblos majestuosos, con un pasado glorioso, nada es extraño entonces, y lo que ocurre es simplemente un mecanismo, un eslabón más del espíritu noble de cada nación. El crisol contiene chispas y retazos de gigantes, de seres humanos cuyo espíritu no se apaga ni con toda la contaminación producida en nuestro tiempo, material o inmaterial. Resurge el canto y las nuevas dimensiones se expanden. Los brazos en alto suman energía al acto de apropiación del tiempo, ya no hay vuelta atrás, al pasado, sólo hay un impulso firme que se sostiene brazo a brazo.

Nuestros dioses respectivos están acaso encarnando y brotan profecías de los nuevos oráculos cibernéticos. Zeus bajó del olimpo, Osiris regresó de la noche de los tiempos, Quetzalcóatl vuela por entre las nubes, todos han retornado a habitar los cuerpos de la juventud, una que ya no es simplemente insurrecta; esa etapa claramente ya quedó sepultada en las páginas de la historia, más bien una que es consciente, que ya no busca sólo cambiar el estado de las cosas, que además busca, y sabe que lo obtendrá, el triunfo de la razón y de la verdad. Ya no se trata de derrocar a un rey más para imponer a otro, se trata ahora de pararse en medio de los planes de los tiranos, sean reyes o comerciantes, de sabotear su cinismo. La lucha actual es por la dignidad de la vida, por el bienestar del planeta, por cada ínfimo concepto que refuerza una visión verdaderamente magna. No hay una sola consigna, hay millones de ellas, como oraciones en lenguas muertas que reviven para acallar a la opresión, a la ofensa, a la insensatez, a la ceguera.

La civilización creció sin saber a dónde exactamente se dirigía, sólo se preocupaba por alimentar y con ello dotar de cierta tranquilidad a sus criaturas, hasta que llegó a un callejón sin aparente salida. Los apoderados, mientras sigan sosteniéndose en la confianza de los muchos, en el garrote del brazo armado, podrán seguir dictando su ley como si fuera divina e incuestionable. Los que nos miramos en la calle, la gente de abajo, no alcanzamos a comprender como la legalidad se convierte en una especie de trampa mortal que antes de abrirnos sus puertas nos las cierra. Las ciudades dejaron de ser cúmulos de habitáculos donde convivía la sociedad, y pasaron a ser laberintos donde no es posible sobrevivir si no se tiene el aire del dinero para abrirse camino. La frialdad de los muros se alza como un abismo sin nombre que no admite reflexión, exige movimiento eterno, como sí éste fuera una imperiosa necesidad para su existencia. El esquema que parecía divino, se tambalea. ¿qué hubiera pasado si no hubiéramos decidido nunca fundar ciudades, sería la civilización la misma? o bien ya no caigamos en el extremo, pero preguntémonos entonces ¿qué hubiera pasado si nunca hubiéramos permitido que se fundaran los bancos? El hubiera no existe, en efecto, pero su respuesta si, y es tema de reflexión certera.

Actualmente los cimientos de la civilización son las monedas, metálicas o de papel, preguntémonos ¿cuáles fueron los cimientos de las antiguas civilizaciones que dieron esplendor y carácter al horizonte terrestre? ¿Siempre ha sido así? Correcto, tal vez en las mayoría, pero no en todas de la misma forma y con la misma intensidad. En Mesoamérica conocíamos el cambio, el trueque, teníamos ciudades, en efecto, pero a nuestro modo. Hoy el oro está debajo de nuestros pies, pero ya no podemos reclamarlo, me pregunto yo ¿por qué razón, qué no se supone que es nuestro? Nuestros gobernantes de hoy son para decirlo sin tantas vueltas, gente despiadada que traiciona a su pueblo y le sigue intercambiando baratijas por metales y piedras preciosas. ¿No sería lo justo que nuestro oro fuera nuestro? ¿Acaso nosotros vamos a plantarnos a un país extranjero para llevarnos lo que es por derecho suyo? Hoy las guerras de invasión ya no las lleva a cabo un Gengis khan, un Carlomagno o un genocida como Cortés, hoy el botín ya no lo disputan los corsarios ni los mercenarios, hoy la riqueza no se la llevan los vikingos con sus enormes hachas, hoy el saqueo lo hacen personas que secuestraron el poder del pueblo y desde ahí, con traje reluciente y corbata de seda, rematan los recursos de la patria al postor que los soborna más dulcemente al oído.

Nunca hay un pueblo que invada al otro, acaso son siempre los ejércitos los encargados, en todo caso. Hoy todavía hay ciertas invasiones, muchas en aras de la justicia, esa justicia que sólo conocemos en retratos hablados pero que nunca, bien a bien, alguien ha visto de frente. Los tiranos son los que hacen las guerras, las fabrican a su medida. Hoy más que nunca debemos desterrar el fantasma de la invasión de nuestras vidas, si se da una invasión más entre países, serán sus ejércitos una vez más, no sus pueblos, no la gente que pacíficamente sólo lucha por deshacerse de esos tiranos que los someten y les dictan su voluntad. Ser claros al respecto es entender los nuevos paradigmas de la nueva historia que día a día estamos escribiendo. Las invasiones de hoy son de bancos y corporaciones, y no sólo se llevan la riqueza material, también merman y desaparecen nuestros tesoros intelectuales, espirituales; son su impunidad, desaniman, entristecen, nulifican. Lo que una vez fue el régimen de lo apolíneo, de lo correcto de lo aparentemente justo y hasta deseable, se desenmascara como algo podrido en sus entrañas. ¿hasta cuando vamos a seguir soportando a los banqueros, hasta cuándo a los políticos?

Probablemente estamos presenciando una nueva vuelta, desconocida hasta ahora, que retorna a lo sagrado, pero ya ni siquiera es algo completamente dionisiaco, los antiguos dioses y los antiguos parámetros académicos quedan cortos ante lo que está manifestándose. Lo sagrado ahora es nuestro, y se siente más que expresarse. Sagrada es la vida y todas sus expresiones, sagrada es la madre tierra y sagrados son los derechos del ser humano, por siempre manejado como mortal, pero en el camino de la trascendencia. La rebelión no es contra lo establecido, es contra lo erróneo, contra lo enfermo, lo que ya no funciona. Aunque el grito de muchos sigue estancado, por decirlo así, en ataques frontales contra los sistemas, subyace una inteligencia emocional que reclama justicia. No se trata ya de imponer otro sistema, se trata de rescatar al individuo, sea humano, animal o natural. La emergencia da voz a los latidos, hace latir los gritos en las marchas que exigen que rueden cabezas, pero los impulsos saben que no es sólo el esquema que cae a pedazos por si mismo lo que hay que erradicar. A fin de cuentas la justicia a sido la gran ausente, ha sido disfrazada con uno y mil atuendos, para aparentar su cercanía, pero el espejismo se disuelve cuando los que deberían encargarse de mantenerla viva, la aniquilan con la facilidad de quien aprieta un botón, genera un discurso, compra un voto.

Hoy más que nunca somos grandes humanos, ciudadanos, tal vez, pero del mundo, y la gran ciudad es una, el planeta entero. Defender los intereses de cada patria dejó de ser un mero nacionalismo pasajero y criticable, defender los recursos propios, los tesoros, ya no tanto de oro como de vida, es ahora defender a la tierra misma del voraz apetito de las corporaciones y las instituciones financieras de rasgos psicopáticos. No debiera haber más fronteras, pero si pueblos, vivos y organizados que cuiden y preserven aquello que les fue heredado y que habrán de heredar. Los idiomas antes de ser una barrera deben de ser una riqueza. No se trata ya de preservar las tradiciones centenarias o milenarias que nos diferencian, si no de crear unas nuevas que nos unan más que nunca con la mirada puesta en el horizonte del futuro inmediato, no esperando una respuesta de la nada, ni una gran armonía pospuesta, sino forjando a cada paso un presente desde la resistencia.

Hace falta mucho aún, pero estamos atestiguando el amanecer de nuevas grandes civilizaciones, mejores que las de antaño. Las nuevas civilizaciones a diferencia de las anteriores habrán de construir sus cimientos sobre nuevos paradigmas en todo caso, o en el mejor de los casos sin ellos. En las nuevas, emergentes civilizaciones, no habrá espacio para los tiranos. En las nuevas civilizaciones la ciudad dejará de ser el centro del espectro, será acaso una tonalidad más integrada al multicolor tapete de la naturaleza rescatada. No habrá tolerancia a la corrupción, al engaño, por que sencillamente deberá reinar la consciencia, y la consciencia no deja espacio para más, ni para el arrepentimiento.

No sigue esperar a que otro pueblo antiguo despierte a su poder, sigue seguir haciendo magia con la alquimia de los valores, con los ingredientes básicos: inteligencia y sensibilidad. Las nuevas civilizaciones no tienen complejos sistemas legales ni financieros que sólo están para proteger a la élite, no mas artificios. En las nuevas civilizaciones hay justicia, directa e inmediata, en ellas habla el pueblo, por cada uno de sus irrepetibles individuos, con la fuerza de los antiguos y la esplendor de sus dioses, más vivos que nunca en cada uno de los latidos de sus integrantes. La moneda de cambio de las nuevas civilizaciones es el amor, y los pueblos que las conforman son millonarios, son ese 99% que dentro de poco derrotará al 1% que desde siempre, nos ha esclavizado. Tal vez en el pasado hubo necesidad de dividir y conquistar, pero en nuestro presente la imperiosa urgencia debe ser la de unir y compartir.

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