@julioastillero Julio Hernandez :El periodista michoacano Jesús Lemus, encarcelado en Puente Grande, describió en un libro al Caro Quintero, preso

Publicado el agosto 11, 2013, Bajo Política, Autor LluviadeCafe.


Capitùlo 35: Rafael Caro Quintero

Escrito por :Jesús Lemus

Un día, a fnales de 2008, apenas había amanecido, llegó un ofcial hasta la puerta de mi celda, en el pasillo cuatro del Centro de Observación y Clasifcación (coc) para anunciarme que sería reubicado y que debería alistarme. Me sorprendió la instrucción, no tanto porque sería cambiado de estancia, sino por la orden de alistarme, cuando en realidad no tenía nada qué alistar, siempre estaba en posibilidad de ser transferido.


—¡1568! —me dijo con tono marcial—, póngase atento a las instrucciones que se le van a dictar. Alístese porque va a ser trasladado. Alistarme para mí consistía en ponerme de pie frente a la estancia, con las manos en posición de frmes y atender las instrucciones que se me indicaran al momento de ser revisado. Para algunos presos que salían del coc, alistarse para ser trasladado signifcaba recoger sus pertenencias y verifcar que no olvidaran ninguna; pero yo realmente no tenía nada en mi celda, así que di un salto desde el fondo, me coloqué frente a la reja y ya estaba listo.

Tras la revisión de rutina, una vez que fui dotado de unifor- me y calzado, un colchón, cobijas, sábanas, cepillo dental y pasta, dos ofciales me llevaron a un cubículo del coc, en donde me sometieron a una valoración médica y psicológica, y desde donde autorizaron mi traslado a la zona de población.

306 Atrás quedaba Noé El Gato, a quien alcancé a ver, al momento de pasar frente a su estancia, que se despedía de mí con un saludo militar tras las rejas, de pie, totalmente desnudo, regalándome una sonrisa que apenas se dibujaba en su hosco rostro, que parecía un dibujo de mal gusto por los lentes gruesos y espesos que portaba orgulloso, por ser un regalo de la Cruz Roja internacional.

—Ánimo, compita Lemus —me dijo con la voz grave y seria—, espero no verlo de nuevo por este penal.

—Ánimo, Gato —le respondí con la complicidad de los dos ofciales que toleraron en silencio la despedida, mientras me apresuraban y me ordenaban que caminara con la cabeza abajo y que no volteara al interior de las celdas.

Ésa fue la última vez que supe del Gato y de todos los que permanecimos juntos por diversas causas dentro del área de aislamiento. De Jesús Loya un día escuché que seguía cantando a la luz de la luna aquella canción de Mariano Barba, con la única intención de que su amor le llegara a su Nana Fine, aunque la mayoría de las veces su canto a lo único que le conducía era a las terribles golpizas que lo medio mataban.

Tras el paso a través de un intrincado laberinto de galerías arribé al diamante de vigilancia que controla el movimiento de los pasillos uno, dos, tres y cuatro del área de población. A mí me trasladaban al primero, a la celda 149, a la cama A, en el nivel B.

Cuando vi cómo recibían a los presos nuevos en el módulo uno, no puedo decir que ya sabía eso que había observado en películas, pero sí puedo asegurar que el miedo que sentí fue como aquel que experimenté cuando estuve detenido en las instalaciones de la policía ministerial de Guanajuato. Era un temor conocido, que se metía dentro de uno a través de los ojos y terminaba paralizando manos y pies, hasta sentir que la respiración se entrecortaba.

307 —Llegó carne fresca —gritó una voz anónima desde una celda en el fondo del corredor.

Inmediatamente, como en el cliché de una película, se fueron acercando los internos de ese sector a las rejas que dan al pasillo, para observar al recién llegado. Hasta hubo, como en los flmes americanos, quién extendió la mano para tratar de tocar al nuevo inquilino.

—Pásale, muñeco —se escuchó la invitación desde una celda a mi paso.

—Aquí tienen a un reportero, con él se van a entretener a toda madre —dijo el guardia a todo el pasillo, con lo que causó la hilaridad de algunos de los que estaban a la expectativa por conocer quién era el que arribaba.

—Con lo que me gustan los pinches periodistas —profrió una voz cavernosa.

—A éste no le doy tres días de vida en esta galera —acotó otro más.

—Que lo pasen a mi celda para enseñarle cómo se trata a los periodistas aquí —se sumó un tercero en la exaltación total, provocada por el mismo ofcial que me conducía a paso lento hasta la celda ubicada justamente a mitad del pasillo.

Allí, en el módulo uno, ya conviviendo abiertamente con la población de reos, con la selección nacional de los considerados por las autoridades federales como los presos de más alta peligrosi- dad de todo el país, fue que distinguí, entre otros, a Rafael Caro Quintero. Siempre callado. Siempre masticando sus pensamientos. Siempre atento a todo lo que se mueve en su entorno.

Ya lo había visto con anterioridad. En una ocasión en que yo era trasladado al locutorio, desde el coc, observé que delante de mí trasladaban a un interno cuyo nombre fue dicho en voz alta al llegar a uno de los diamantes de seguridad. Cuando escuché que

308 lo llamaron “Caro Quintero, Rafael”, la inercia de la curiosidad me condujo a levantar la cabeza para ver la fgura que caminaba a sólo dos metros de distancia de mí.

Ni rastros de aquel joven acusado de narcotráfco, cuyas imágenes dieron a conocer los noticiarios de 1985, en los cuales resaltaban sus pequeños ojos negros, su abundante cabellera oscura y un bigote desplegado a todo lo ancho de su boca.

Ahora era un individuo delgado, alto y encorvado, con el peso de los años en la cárcel claramente cargado en los hombros, con la espalda dando muestras de cansancio y la típica rigidez muscular de los presos que así manifestan todo el odio contenido en el cuerpo. El pelo, aunque muy corto, tupido de canas.

Allí vi a Don Rafa —como cariñosamente le decía la mayoría de los presos—, sentado en una de las bancas de concreto del comedor, en el primer día de convivencia más abierta a la que se puede aspirar en el coc. Estaba, como casi siempre, amasando sus pensamientos, con la mirada perdida a través de las ventanas que dejan ver un desolado y duro patio de concreto, con altas paredes cuya corona de serpentinas metálicas mortalmente afladas parece arañar el cielo.

Mientras los demás presos se entretenían jugando dominó o ajedrez, absorbidos por la plática y las carcajadas, a Rafael Caro se le escapaba el pensamiento hacia aquellas esbeltas ventanas que conectaban con el patio. A veces achicaba los ojos como para visualizar mejor las ideas que le rondaban en la cabeza, sentado siempre, cruzando el pie derecho sobre el izquierdo.

Nunca lo vi reunirse en grupo. Siempre que buscaba diálogo lo hacía con una o dos personas máximo. Era muy discreto al hablar, ni una mala palabra salía de su boca. Jamás le escuché comentar temas de narcotráfco o delincuencia, como se estilaba entre otros internos, que buscaban notoriedad y respeto dentro del penal.

309 —Chuyito —una vez me dijo, mientras estábamos formados para regresar del patio a la estancia—, le voy a dar un consejo, ojalá no me lo tome a mal, pero si quiere sobrevivir a la cárcel y no volverse loco necesita mayor convivencia, no debe aislarse ni mantenerse en una orilla del patio.

—Gracias, Don Rafa, le voy hacer caso a su sugerencia —le contesté con algo de sorpresa, por venir el consejo de aquel hombre que la mayor parte del tiempo se la pasaba solo—, voy a tratar de reunirme más con algunos de los compañeros.

—Hágalo —reforzó Caro Quintero—, se va a sentir menos triste y se le va a pasar más rápido el día, porque los primeros meses de la cárcel, son lo más duro para el hombre.

—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí, Don Rafa? —le pregunté aún sin recibir del ofcial la orden de avanzar.

—Llevo toda una vida aquí —dijo en tono de broma—; ya veo a los guardias y a los presos como si fueran de mi familia.

—Han sido más de 20 años, ¿no? —volví a insistir, ante la apertura de diálogo que me ofrecía.

—He estado recluido durante 24 años —me dijo—, la mayoría de ellos los he pasado en cárceles federales, así que ya se puede imaginar todo lo que han presenciado mis ojos de preso.

—¿Ha visto de todo? —le tendí la pregunta en espera de que contestara en automático.

—Lo que usted se imagine, lo he visto en la cárcel. Saldrían cientos de libros si yo me pusiera a escribir lo que me ha tocado vivir. —¿Y no piensa hacerlo algún día? —No me alcanzaría la vida para contar todo lo que he visto en mis años de reclusión…

Inmediatamente llegó la instrucción del ofcial de guardia que vigilaba la formación de presos, para que se guardara silencio en la

310 fla, so pena de aplicar una sanción de aislamiento a quienes estuvieran dialogando. Rafael Caro era muy observante de las instrucciones de los custodios, y casi al mismo tiempo que se nos pidió que calláramos, él dejó de hablar.

A diferencia de la normatividad que se establece para el coc, en donde cada preso es asignado a una celda, en algunas circunscripciones de población general se designan dos módulos por estancia, lo que hace más llevadera —y en ocasiones más complicada— la vida dentro de esa cárcel federal.

No era raro observar que a mitad de la noche compañeros de celda se liaran a golpes dentro de su estancia porque a alguno de ellos le molestaba el ronquido del otro, o lo había despertado su murmurar dormido o le exacerbaba alguna fatulencia que había despedido. Casi todas las noches había peleas y confictos entre compañeros de celda en ese sector.

Rafael Caro Quintero vivía en la celda 150, a un lado de la mía. Tenía como compañero a Luis Armando Amezcua Contreras, mejor conocido como el Rey de las Anfetaminas. En ocasiones pasaban las noches enteras platicando de caballos y agricultura. Lo último de lo que se hablaba en el pasillo uno del penal de Puente Grande era de delincuencia y narcotráfco.

Aquel corredor al que me habían asignado, el 1B, del módulo uno, constaba de 15 celdas, y desde el primer día un ofcial de seguridad me advirtió lo que en ese sitio estaba permitido hacer y lo que no. Me explicó que allí las reglas no eran las que ponía la dirección del centro penitenciario, sino las que dictaban día a día cada uno de los internos de diversos cárteles que estaban dentro de esa sección.

Me indicó una serie de normas, no recuerdo si fueron ocho o 10, pero a mí se me quedaron grabadas sólo dos: nunca ver a los ojos a los líderes de los cárteles y nunca decirle no a cualquier

311 sugerencia que me hicieran los señores del módulo uno, que se mezclaban con la población en general.

Pese a que en la zona de población las actividades de los internos son mínimas, éstas se pueden comparar a la libertad frente al aislamiento al que me obligaban en el área de segregación del coc. Al menos en los módulos de población general se permite el diálogo abierto entre reclusos, tanto en pasillos como en patios, aulas y comedor. El silencio obligado se limita al momento en que se encuentran en formación al salir de la celda o al regresar de actividades, así como en el trayecto.

Cuando alguien es sorprendido en pleno diálogo por el ofcial de guardia, de manera inmediata se aplica la sanción denominada utle (únicamente tránsito en los límites de la estancia); es decir, que al preso se le priva de la posibilidad de salir de su celda y se mantiene en perfecto estado de incomunicación por periodos que van desde 10 hasta 90 días, por decisión del llamado Consejo Técnico Interdisciplinario, que lo conforman los jefes de los diversos departamentos del penal, encabezados por el director, quienes sesionan dos veces por semana y dictan sentencias de aislamiento con total impunidad. Las sanciones a los internos del módulo uno estaban a la or- den del día, no había semana en que el Consejo Técnico Interdisciplinario no hiciera sentir su prepotencia, aplicando severos escarmientos ante cualquier falta que se consideraba violatoria al reglamento de disciplina, que variaba según el estado de ánimo de los ofciales en turno.

La falta más común por la que se sancionaba con mayor displicencia era cuando los presos caminaban sin llevar las manos por detrás, sin sostener la cabeza y sin bajar la mirada. El correctivo alcanzaba una amonestación de 10 días de aislamiento, sin actividades ni salidas de la estancia; sin derecho a llamada telefónica, correspondencia o visita familiar.

312 Durante el tiempo que estuve en el módulo uno, a Rafael Caro Quintero lo sancionaron en una ocasión. Se le sorprendió dialogando con otro interno, quien efusivamente se le acercó para estrecharle la mano con el puño cerrado, cuando ya estaba en la fla, durante el traslado del comedor a la celda. El Consejo Técnico Interdisciplinario lo castigó con 20 días de completo aislamiento. —¿Es la primera vez que lo sancionan, Don Rafa? —le pregunté un día desde mi celda.

—No, Chuyito. Esto ya es viejo para mí. Cuando estaba en el penal de Matamoros me la pasé todo ese periodo prácticamente sancionado. No recuerdo cuántas veces me castigaron, pero siempre estuve aislado en la última celda de un pasillo para mí solo, sin contacto con nadie. Sólo me sacaban al comedor.

Rafael Caro era de pocas palabras, cualquier diálogo que se le buscaba lo concluía en forma rápida, con frases concretas, bien explicadas, opiniones certeras, conceptos muy claros. Nunca dejaba ideas sueltas en el aire, ni expuestas a la libre interpretación. En el diálogo se notaba su frmeza de carácter, pero siempre sin confrontar. —¿Estuvo totalmente incomunicado? —Sí, yo estaba en una celda de ese pasillo y mi hermano Miguel en la del otro extremo. Nadie más había en ese lugar. —¿Les permitían hablar? —Muy pocas veces. Dependía de los guardias. A veces nos dejaban intercambiar unas palabras y en otras ocasiones nos obliga- ban a estar en silencio todo el día. —¿Y cómo mataba el tiempo? —Haciendo ejercicio. Ésa es la única forma de tolerar el peso de los días en prisión.

A Rafael Caro Quintero la disciplina de la cárcel le formó el hábito del deporte. Siempre solitario, corría sin descanso por más

313 de una hora, la mayor parte de las veces trotando para cerrar a toda velocidad, sin importar que el ejercicio físico en Puente Grande se permitiera sólo a las cuatro de la tarde, cuando el sol caía a plomo. Después de practicar su rutina de atletismo —que siempre terminaba con algo de calentamiento muscular, ejercitando brazos y piernas—, a Caro Quintero le gustaba sentarse en una banca, a solas, para observar los partidos de basquetbol, sin manifestar nin- guna expresión de alegría o frustración en el rostro, como lo hacía la mayor parte de los internos.

Sólo en dos ocasiones lo observé jugando volibol. Su posición natural era la de armador, y se caracterizaba por la certeza de sus despejes de balón, los cuales, por lo general, pasaban rasantes sobre la red, casi imposibles de ser contestados por la defensa contraria. Pero la mayoría de las veces se mantenía al margen de los partidos. —¿Por qué no le gusta jugar volibol, Don Rafa? —le pregunté en una ocasión. —No me gusta perder —me contestó secamente. —Pero en todas las competencias se pierde y se gana, y además es sólo un juego —insistí.

—Sí, pero no me gusta perder, por eso prefero no jugar, me siento más a gusto.

A pesar de su afción por la soledad y el aislamiento, Caro Quintero nunca despreciaba una buena plática, sobre todo si se refería a temas de historia o política. Por eso a veces se le veía hablando tendidamente con algunos presos que ocupaban aquel mismo pabellón, en donde únicamente estaban los internos que cumplían con cualquiera de los cinco lineamientos psicosociales establecidos por el Consejo Técnico Interdisciplinario.

Al módulo uno eran asignados sólo los presos que demostraran características de líderes, de intelectuales, con poder económico; los que gozaban de protección o quienes habían trabajado en el

314 gobierno. Por eso la mayoría de los procesados como jefes de cártel se hallaba en ese sitio, aunque también estaba atestado de militares de diversos rangos, desde tenientes hasta tenientes coroneles.

Caro Quintero no era muy afecto a las relaciones con los militares, por eso se mantenía a raya de quienes habían pertenecido a la milicia y que —dentro de la vorágine de violencia que vivió el país— se pasaron en algún momento al bando del narcotráfco y ahora enfrentaban sendos procesos penales, en los cuales se juga- ban decenas de años en prisión.

—¿No le gusta la amistad de los militares? —le pregunté cuando en una oportunidad observé cómo con tono despectivo se deshizo de un militar que por segunda ocasión intentaba dialogar con él, buscando afanosamente su cercanía.

—No, no es eso. No tenemos nada en común —me contestó cortésmente, aquella vez que estábamos en el patio. —¿Es porque son militares? —Ya no lo son. Aquí todos somos iguales, mientras portemos este mismo uniforme —me dijo sin voltear a verme, mientras mantenía la vista perdida a lo lejos.

Cuando Rafael Caro estuvo sancionado y aislado en su celda, varios presos de ese pasillo, en forma solidaria, se quedaban en sus estancias los sábados y los domingos —lo cual estaba permitido y se podían omitir las actividades recreativas, si así lo quería el interno—, con la única intención de acompañar al preso más “distinguido” de Puente Grande. Él era uno de los más queridos ahí. Si no fue el más famoso de todos los que han estado en ese penal, sí compite en popularidad y en muestras de afecto de la población carcelaria con el propio Chapo Guzmán, no obstante el carácter reservado y callado que siempre manifestó el que fuera detenido en Costa Rica.

A pesar de que muchos reclusos se quedaban para hacerle compañía mientras permanecía en segregación dentro de su estancia, a Caro

315 Quintero no le gustaba charlar de celda a celda; nunca lo vi hablando a gritos desde una estancia a otra. Siempre lo observé conversando en corto, en voz muy baja, casi a hurtadillas, con la característica del diálogo breve. Por eso el tiempo que pasó en el apando se mantuvo casi en silencio, sólo platicando con su compañero de estancia.

Lo conocí cuando él tenía 56 años de edad y casi 24 años de estar en prisión. Recluido poco menos de la mitad de su vida. Siempre bajo una estricta vigilancia del Estado por ser considerado el capo más grande del narcotráfco, en parte por la presión ejercida por el gobierno de Estados Unidos y en parte por la fama que le crearon los medios de comunicación.

—A mí los periodistas me hicieron la fama más grande de la debida —me dijo un día que le platiqué que yo era reportero—, y me pesa mucho. Hablaron de mí hasta más no poder. Nadie se los podía impedir.

—Si no le hubieran construido tal reputación, ¿cree usted que ya hubiera salido de la cárcel?

—Eso no lo sé, pero siempre pesa mucho lo que hablan los periodistas de los que estamos en prisión. Todo lo que dicen los periódicos y la televisión lo consideran los jueces al momento de tomar alguna decisión: de eso no existe la menor duda. —¿Usted ha dado entrevistas a periodistas dentro de la cárcel? —No, ni afuera —me respondió con aquella risita que le caracterizaba cuando estaba de muy buen humor.

—¿Pero me imagino que lo han buscado varios reporteros para entrevistarlo?

—Demasiados, Chuyito. Ya estando en Almoloya, numerosos periodistas me hacían llegar peticiones para que les contara mi historia; muchos querían (y quieren aún) hablar conmigo. Pero yo, realmente no tengo nada que contarles. Lo que he vivido es mi vida, y esa parte es mía.

316 —¿Y usted no quiere hablar con ellos? —No, no me interesa hablar con ninguno. —¿No le llama la atención relatar sus vivencias desde su punto de vista, con su propia versión?

—En estos momentos no; posiblemente un día autorice o escriba algo, pero eso será después. —¿Ha rechazado a entrevistadores importantes? —Pues no sé qué tan importantes sean, pero a todos aquellos que me han solicitado una conversación les he dicho que no me interesa hablar de mi vida.

A Caro Quintero siempre lo vi pasearse solo en el patio, cuando nos sacaban a tomar el sol o a la actividad de “caminata”, que consistía en circular obligadamente en torno a la cancha de basquetbol. Nunca se rodeaba de acompañantes. Constantemente apartado, rumiando sus pensamientos, a pesar de las ofertas que se escuchaban de algunos militares para hacerle compañía. Su comportamiento siempre fue muy discreto.

Al término de la caminata invariablemente optaba por sentarse en una de las bancas más alejadas de la puerta de acceso al patio, la que cariñosamente bautizó como “la ofcina”. Allí se iba a pasar el tiempo cada vez que salíamos de las celdas, sobre todo si la salida era por las tardes, después de las cuatro.

Allí, en “la ofcina”, Caro Quintero se sentaba a ver pasar a los otros presos que caminaban incansablemente para llegar rendidos a la noche y poder conciliar en algo el sueño. Pocas veces permitía personas en su espacio y en muy raras ocasiones aceptaba que alguien llegara a sentarse a su lado o a platicar.

Cuando tenía ganas de conversar o comentar algún tema que le interesara —siempre de asuntos políticos o noticiosos del momento—, él mismo llamaba al preso con el que quería mantener el diálogo y le hacía la invitación a sentarse en “la ofcina”, disponiendo siempre atención y amistad para el “elegido”.

317 Allí en su “ofcina”, muchas veces hablamos de temas históricos, porque es un afcionado a la historia nacional, principalmente a los hechos que dieron origen a la Revolución mexicana y al posterior establecimiento de los gobiernos revolucionarios, de los que no se limita a conocer los hechos, sino que indaga los detalles que dan origen a las acciones que los enmarcan.

—Tanto que me gusta la historia —una vez me confó—. Qué lástima que aquí no nos dejen pasar libros elegidos por nosotros mismos. —¿Le gusta mucho leer, Don Rafa? —Sólo libros de historia, son los que me entretienen; pero ya leí todos los que tiene la biblioteca —se lamentaba.

Era disciplinado, siempre guardaba compostura. Nunca hablaba cuando los ofciales encargados de la seguridad ordenaban silencio en la fla. Y más que ganarse el respeto por el solo hecho de ser Rafael Caro Quintero, entre los internos se le quería por ser un preso nada confictivo, una persona que se alejaba de los problemas y que —además— cada que podía evitaba que los demás tuvieran confictos y trataba de ayudarles.

En el módulo uno, pese a que las normas son más laxas frente a las que se aplican en el coc, había semanas completas en que se prohibía toda actividad y no se permitía salir de las celdas, ni para ir al comedor. La comida era llevada a las estancias en platos de unicel. Ante el frío, dentro de aquellas rejas, los presos sacaban las manos por las minúsculas ventanas que dan al patio para sentir algo de sol.

En ocasiones, los internos —para ir matando el tedio de todo el día— organizaban rondas de canciones, las cuales con frecuencia interpretaban algunos de los militares procesados, a quienes se les reconoce dentro de ese sector del penal de Puente Grande por su mal gusto musical, dada su afnidad por la música grupera.

318 El canto afcionado, a veces, comenzaba después del mediodía y terminaba hasta las nueve de la noche, hora en la que se decretaba el toque de silencio. En ese lapso se podía escuchar música de todos los géneros, salvo corridos —están prohibidos en todo el penal, y se sanciona a quien interprete temas alusivos al narco y sobre todo al Chapo—; los más solicitados eran temas de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

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