PERFILES: ¿Sesenta y más?

Publicado el febrero 24, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Lunes 24 de Febrero 2014

Lilia Arellano

Algo tiene la sexta década que ni siquiera el Diccionario de la Real Academia Española tiene registrado “sexagenario” o “sesentón”. Que, ¿a esa edad nos volvemos invisibles? Porque ya no es precisamente el tiempo de las definiciones sino más bien el de la asistencia a la defunciones. Ahora que, también llegó el momento de resumir y enseñar las grandes experiencias, las que no necesitan de videos ni de fotos porque se llevan perfectamente grabadas no solo en la mente sino en muchas otras partes del cuerpo. Si nos atenemos a la forma en la que se trata a los que llegan a esa edad en los medios de comunicación, lo que se observa se vuelve terrorífico.

“Sexagenario violador”, rezan algunos encabezados. Otros, “sesentón rabo verde…” se siente con desprecio, como si haber alcanzado esa edad fuera motivo de rechazo en un entorno en el que, simplemente, se ha logrado sobrevivir. Porque no es fácil y mucho menos en el presente alcanzar esa etapa de la vida en medio de aumentos tributarios, de autodefensas, de los vaivenes amorosos de Clinton o de Obama o de Peña Nieto o tal vez entre lo más desagradable esta en haber sido testigos involuntarios de todo un presidente de la Suprema Corte de Justicia de este país negándose a darle pensión alimenticia a sus muy pequeños vástagos quienes además padecen un mal que requiere de todas las atenciones de una madre a la que se dio el lujo de encarcelar.

Haber logrado regresar de unas vacaciones en Acapulco o en Morelia o hablar de una visita a los parientes en el Norte sin estar en las estadísticas de víctimas de la delincuencia ya resultó toda una hazaña digna de reseñar. Bueno, algunos sobreviven al rechazo que debieron haberle hecho a Marcial Maciel y otros arrastran su vergüenza, aunque algunos más se han enriquecido con el silencio y la complicidad hacia un sujeto que mantuvo una doble, triple, cuádruple personalidad y al que ningún psicoanalista se ha atrevido a seguir de cerca para tratar de entender a esta clase de seres humanos que sin duda no son de fabricación única y de acuerdo a los estudios que se les realizan a quienes rompen con todos los cánones sociales, ya hasta debieron haberle levantado su estudio genético porque ¿nació así? ¿lo heredó? ¿fue producto del entorno en el que fue educado? ¿Dios tuvo algo que ver?

De que se han acumulado experiencias, si es que se ha disfrutado la vida, ni duda cabe. Porque están también las sonrisas, los sinsabores, los desvelos y las fiestas con los hijos. Es el tiempo de los nietos, del consentimiento o tal vez de una nueva formación, porque hay quienes al ver que se equivocaron con los vástagos pretenden corregir los errores en la siguiente generación y se vuelven en metiches e insoportables. Si antes se hablaba de bares, de cantinas, de lugares en donde se bailaba riquísimo al ritmo de las grandes orquestas, si los espectáculos en vivo contaban con magníficas coreografías y escenografías además de hombres y mujeres de espectacular anatomía, ahora son las medicinas, el doctor especialista, el mejor hospital, las atenciones sin mancha de las enfermeras y los costos, los temas para las largas charlas con los amigos que todavía quedan.

Para llegar a ese punto antes tuvo que rehacerse el patrimonio familiar hasta en tres o cuatro ocasiones. La primera con la devaluación de Echeverría. La segunda vino con la administración de la riqueza de López Portillo y su perruna defensa al peso. Una tercera con la quita de tres ceros a la moneda decretada por el peloncito Salinas.

Una sin nombre cuyo autor fue Ernesto Zedillo, cuyo vástago es hoy en Cancún, gran inversionista de hospitales y hasta hoteles como el que se está construyendo al lado del Galenia en donde forma parte del Consejo de Administración y está el del presente nada halagador y con peores perspectivas de empobrecimiento. De ese tamaño han sido las luchas, los retos y la inteligencia puesta en un objetivo: no terminar la existencia en la miseria o como se comenzó, o como se vivió en la infancia, o de la manera en la que nunca se ha vivido.

Humberto Elizondo, quien por cierto ya está en esa década, nos envió un mensaje que dice: “si usted ya llegó a los 60 años o está por llegar, cuídese de todo, de todos y de todas. –Mi querido ex novio ha sido, de siempre, desconfiado, por lo menos eso cree porque lo cierto es que confía en la humanidad y eso ya es mucho-. No se trague el cuento de que usted está en su mejor edad. Eso fue a los 30 y a comienzos de los 40 –yo lo conocí después y tal no es cierto-, cuando repetir de todo no sólo no hacía daño, sino que era posible y hasta motivo de orgullo y de jactancia.

“Pero a los 60 “repetir” es palabra maldita y prohibida. Veamos: ¿repetir matrimonio? ¿con qué y a qué hora?; ¿repetir frijoles? ¿y los pums… qué?; ¿repetir el acto sexual? Será dentro de una semana (con suerte); Después de los 60, no hay vuelta posible: ¿volver a empezar? ¿con qué tiempo?; ¿volver a ser papá? ¡no mames!; ¿fiestar hasta el amanecer? Muerte repentina; ¿volver a trotar? Infarto seguro; ¿volver a nadar? Será flotar; ¿Volver a cantar? Te ahogas, mi vida; ¿beber como antes? Ahí viene la cirrosis; Después de los 60, todo es grave, de cama, de muerte.

“Un catarro es una bronquitis; un resfriado, es una neumonía; un barrito, es cáncer; un golpe, es un hematoma; una tos, es tisis; un chicharrón, es diente perdido. A partir de los sesenta, un dolor de cabeza es un derrame, un dolor de pie es gota, dolores en las manos es artritis, un olvido pendejo es mal de Alzheimer, un tiritada por frío es Parkinson, un estornudo es tuberculosos, una oclusión intestinal es cáncer de colon. Sed, diabetes, una libra de más, escoliosis; una libra de menos, ¿será leucemia?; una meada a media noche, es próstata.

“A los 60, lo que no crece se cae o no funciona igual. Aquél que les conté, por ejemplo, fiel cómplice de ternuras en otros tiempos, es ahora un perezoso y desvergonzado, especialista en contradecir tus arrestos, haciéndote quedar muy mal. Y aquella ya no lubrica como antes. Se cae el pelo, se caen los senos, se caen las mejillas, se caen las nalgas, crecen pelos en la barbilla, en las orejas, en la nariz; los ojos empiezan a molestarte, los brazos se vuelven de gelatina. A los 60 todo es peligrosos: sonarte fuerte, es hemorragia nasal, visión borrosa son cataratas, cera en los oídos es otitis, insomnio es ataque depresivo, un pelo en el peine es calvicie, dolor de nuca es osteoporosis.

“Ni se te ocurra subirte más en las escaleras. Si después de los 60 te despiertas y no sientes nada es porque ya estás muerto. Si se le daña el estómago le tienen que poner suero; si le ponen trabas al renovar el seguro de vida hay que conseguir un siquiatra. No es por mortificar pero mejor es ser consciente de lo que le espera, para que vaya organizando su testamento y escogiendo un buen lugar en su cementerio favorito, luego, claro, de haber pasado su temporada en el asilo que seleccionaron sus hijitos queridos.

“Piense. Hágalo en serio. No sea que a su pobre familia le toque decidir todas estas cosas en momento de apremio. Claro, puede que llegue a los 80; pero no le recomiendo confiarse demasiado y en todo caso, nunca será lo mismo”. Concluye: “y aquí te dejo, porque es hora de echarme mi polvito, aunque sea Metamucil o Mexana y aplicarme linimento por todos lados. Por cierto esto lo escribí en letra grande para que no cueste leerlo. No nos hagamos ilusiones… AMANECIMOS RESPIRANDO, el resto es ganancia. DISFRUTEMOS Y VAMOS BAILANDO LO QUE NOS VAYAN TOCANDO”.

 

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