PERFILES: Aguas que ya se fueron

Publicado el abril 1, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Escrito por Lilia Arellano

 

Sin duda que llegamos al momento previsto por Mario Moreno “Cantinflas”; el punto en el que lo malo, el grave problema, la crítica situación, no es que un huevo te cueste un peso, sino que un peso… te cueste un huevo!. Y demostrado está que no solo de huevos vive el hombre, también de limones, de peras y de perones y en todo ello hay que poner tal empeño que su adquisición es un lujo porque lo mismo puede llegar a costar un solo kilo de esta fruta el salario que se percibe por el arduo trabajo que se desempeñe durante 8 horas.

 

Víctima de una toz de esas que llamamos coloquialmente “de perro” por lo sonidos que se emiten después de una feroz carraspera,  hablé de la necesidad de que al igual que se pretendía en los pueblos del centro del país curar a los canes colgándoles un collar de limones, requería inmediatamente de este remedio. La respuesta por parte de mi compadre Jorge González Durán no se hizo esperar: “mejor te regalo un collar de perlas, es más barato”.

 

Y vaya que no es broma! Y ahí vienen de nuevo los suspiros y las imágenes se amontonan en la mente, todas referentes a los limones. Los barrileros de vidrio sobre improvisadas tablas de madera que hacían las veces de mesas en donde lucían frescas las aguas de limón, las de horchata, las de jamaica.

 

En las tardes calurosas en el centro de la capital del país se veía a estos vendedores en todas las esquinas y no había un solo sitio sin clientela. Los hielos flotaban tentadores y poco caso se hacía si el agua era pura o los vasos estaban limpios, el líquido con un sabor agradabilísimo se deslizaba por nuestras gargantas, nos refrescaba.

 

Pero igual pasaba en la plaza, en el zócalo, en los atrios de las Iglesias en el interior del país, en cada pueblo, en cada capital estatal. Las aguas frescas que en ocasiones incluían los rojos de la fresa y la sandía formaban parte del paisaje del comercio callejero, tan reconocidos como los tacos en las esquinas en donde también los perros esperaban que cayera la comida del día. Aunque ahí ya no prevalecían las aguas sino las “Lulús” rojas o los barrilitos Doctor Brown, o los famosos Pato Pascual, las chaparritas de El Naranjo que no tenían comparación, según rezaba su publicidad.

 

En Monterrey principalmente, los famosos eran los refrescos “Del Valle” y de entre los más codiciados y permitidos por los padres a los menores estaban los Delaware Punch, sin gas, frescos pero muy dulces y eso de que son de uva ha pasado el tiempo, me he tomado cientos y todavía no estoy cierta de que esa fruta sea la base.

 

Este espectáculo no estaría completo sin las tunas, las verdes y las moradas, sobre grandes bloques de hielo casi siempre junto al que en una canasta vendía pepitas peladas y sin pelar, para quitarles la cascara haciendo gala de buenos dientes delanteros, cacahuates enchilados y sin enchilar, y el muy poblano “chito”, la carne seca, salada, de chivo.

 

¿Cuánto de lo referido ha desaparecido? Casi todo y por múltiples razones. Primero ya no hubo agua de jamaica, la flor se encareció tanto que resultó imposible adquirirla para vender al mismo precio las bebidas. Intentaron suplirla por la guayaba y no resultó. Después la horchata; ya los ingredientes, incluyendo la canela estaban por las nubes, se suplió por la de mango que tuvo un éxito temporal, porque no siempre se dispone de esta fruta. Un par de años después ya ninguna de las dos, hoy los mangos de manila pueden llegar a costar hasta 25 pesos una pieza.

 

Quedaron el limón, la sandía y la fresa. Como se presentaron plagas en Guanajuato esta última subió sus precios y la eliminaron. Ya nada más se disponía de dos productos y en estos momentos de ninguno.

 

Desapareció el agua de limón de los barrileros, pero también de las mesas y se hizo presente en una cantidad de chistes que nos recordaron que este fruto también se caracterizó por ser el desodorante de los pobres, de los más jodidos. Se usa en las axilas y en los pies para evitar los malos olores. Así que ahora aparece un pordiosero, sobándose el sobaco con un limón y preguntando ¿esto es estar jodido?

 

Para los que viajan en el transporte público el encarecimiento de los limones va a ser trágico, porque aunque le cause risa a muchos es totalmente cierto que se utiliza cuando no hay para un desodorante de marca, o mejor dicho: se usaba.

 

Pero si eso no sucedió con las aguas, también el de las tunas desapareció y eso porque se dijo que los japoneses se llevaron toda la producción de nopal y las tunas. Ellos descubrieron que eran los mejores alimentos y aquí considerando que los nopales eran, otra vez, para la clase jodidísima, la que come zacates y hiervas. Se acumularon  las bondades y se multiplicaron las formas de presentación hasta llegar de los licuados a las cápsulas y tabletas y a la certeza de que lo mismo curan la úlcera que regulan el intestino o controlan la diabetes.

 

Con esa carga el costo se fue a las nubes y llegó el momento en el que el kilo de nopales costaba lo mismo que la carne y la gente expresaba “es que los nutrientes son los mismos”, la gente que, claro, podía darse ese gran lujo que estaba reservado para los de la última escala social.

 

Los perros dejaron de estar presentes en las taquerías callejeras sobrevivientes. Quién sabe si porque ya nadie les arrojaba los “gorditos” y uno que otro pellejo o porque formaban parte de los ingredientes que se degustaban con el estómago sumido, el dedo meñique levantado, la espalda gacha y la boca salida, con estilo.

 

Las “Lulús” de cualquier color no es fácil encontrarlas, es más, quién sabe si todavía existan. La cooperativa Pascual lucha por sobrevivir pero poco puede hacer frente a las grandes corporaciones que manejan no solo las cocas sino esos refrescos que ahora pagan impuestos porque son otro de los lujos que las mayorías no pueden darse.

 

Ni que decir de las jícamas y los pepinos que eran los preferidos a la salida de las escuelas primarias, de las públicas, de las de gobierno. Hoy son el lujo en las puertas de las plazas comerciales. Y es precisamente hasta las planchas de concreto que se ve, se nota, se siente y se resiente la tragedia de nuestro campo.

 

Los limones son el escándalo de hoy, y lo que se le augura podría ser igual que a muchos otros productos que, como el básico, las tortillas, cada vez están más y más lejos de nuestros estómagos. Llegó el momento que, de demagogia, me como tres platos.

 

Por cierto, dicen que todo esto es por culpa de Los Caballeros y me pregunto ¿los Templarios? O ¿los que reciben su salario porque usted lo paga con sus impuestos?

 

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