PERFILES: Más con recuerdos de catástrofes e imprevisiones a cuestas

Publicado el abril 15, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Escrito por Lilia Arellano

Son miles y miles los que sentimos una gran seguridad en tierras quintanarroenses y, no son pocos los días o las noches en las que uno se cuestiona a que se debe esta sensación de tranquilidad, de estar protegidos. Claro que este tipo de pensamientos se da, principalmente, entre quienes provenimos del Distrito Federal y, obviamente, poco o nada tiene que ver con los renglones dedicados a la delincuencia común, a la organizada y a la que cobra en las nóminas gubernamentales de diversos sectores entre los que se ubica en un primer lugar el magisterio, encabezada no precisamente por mentores.

Como casi todo en la vida existe un porque y sin duda que esto tiene que ver con experiencias pasadas. Viene a la mente el recuerdo de lo vivido en el terremoto de 1985. Las zonas devastadas, los edificios derrumbados, la gente corriendo y muchos de ellos bañados en llanto. El ulular de las sirenas tanto de patrullas como de ambulancias; las noticias que sembraban alarma y advertían de réplicas de ese destructor fenómeno en las siguientes horas y tal vez del mismo día.

La mañana de ese día había una gira del presidente Miguel de la Madrid precisamente al puerto Lázaro Cárdenas en Michoacán. Por esas fechas la entidad seguramente ya estaba infiltrada por todo tipo de delincuentes y en ese lugar se embarcaban y desembarcaban mercancías que forman parte del catálogo que hoy por hoy los azota. La noche anterior, al momento de solicitar a la oficina de prensa de la Presidencia el itinerario a seguir, escucharon que mi voz tenía una fuerte ronquera por lo que Rosell, el encargado de logística, advirtió que el calor estaba muy fuerte en esa zona y que lo menos que querían era cargar con una enferma, por lo que se ofrecieron a enviarme toda la información y hacerme comentarios para la nota de color que debía entregar para el vespertino de OVACIONES.

Por lo tanto permanecí en casa, en un departamento en el edificio Tamaulipas en Tlatelolco, propiedad del ex gobernador Jesús Martínez Ross, quien amablemente me lo facilitó al conocer de mi regreso al DF, después de 5 años de vivir en Quintana Roo. Aproveché que no iría a trabajar para que mi hijo, el menor, faltara a la escuela y poderlo llevar al dentista. El resto de mi familia salía de casa a las 6 y media, cuando el camión escolar los recogía sobre la avenida Manuel González, poco antes de la esquina con Paseo de la Reforma. Me despertó el grito de la secretaria del hogar, misma que estaba aterrorizada por la sacudida de lo que entonces pensé que era un temblor de los muchos que se registran en la capital de la República.

Grande fue mi sorpresa al darme cuenta de que la intensidad del movimiento impedía que lograra salir de la cama; la pared en la que estaba apoyada la cabecera de la cama se cayó y vi a mis vecinos hincados rezando. Por la ventana observé como se derrumbaba el edificio Nuevo León y como no se detenía lo que ya se hacía un eterno temblor, tuve la sensación de que el lugar en donde me encontraba se había aflojado, estaba bailando, que no podía ser de otra manera. Cruzar la sala ya con mi hijo al lado resultó un reto pues los libreros se desprendían de la pared. Al abrir la puerta, el plafón de las escaleras se vino encima cubriéndonos de yeso. Así corrimos hasta la avenida y de ahí a la escuela a recoger a los otros hijos y después a dejarlos en la casa de sus abuelos en donde me prestaron ropa –andaba en camisón por la calle- para poder presentarme al periódico.

Al llegar no fueron pocos los rostros de sorpresa. Pensaban que vivía en el Nuevo León y ya se sabía del derrumbe. Salimos a cubrir las órdenes de información. La primera de ellas era trasladarse a la colonia Roma, al edificio de quien entonces dirigía la segunda edición del diario, don Gabriel Parra, quien por fortuna esa misma mañana, justo a la hora del terremoto su avión despegaba rumbo a Rusia. El inmueble en el que se encontraba su departamento, lugar en el cual apenas una noche antes cenamos pozole elaborado por su nana a manera de despedida y para desearle un buen descanso, se volteó, se salió con todo y raíz y fue objeto de varios estudios realizados por universidades del extranjero.

Ese día también recibí una lección inolvidable. Al momento de intentar llegar a ese edificio me detuvieron vecinos que, con unas cuerdas, bloquearon la zona advirtiendo la fuga de gas que existía. Como estaba de terca pretendiendo pasar a como diera lugar saqué la credencial del diario, se las mostré y con un rostro sereno, la mirada fija y un tono de voz grave, la persona que sostenía una punta de esa cuerda me dijo: “pase señorita y, por favor, no vaya usted a olvidar enseñar su credencial al momento de la explosión”. Podrán imaginar que el rostro se llenó de sangre, me puse roja hasta del pelo y la vergüenza me cubrió por completo.

Desde entonces jamás he usado una credencial y tampoco una tarjeta de presentación. En fin que, las horas que siguieron fueron de una desorganización total. Solo los ciudadanos controlaban la situación. Las autoridades, todas, estaban rebasadas. Los uniformados se dedicaron al saqueo. Se sabía de la llegada de alimentos y ropa de muchas partes del mundo pero también era conocido que burócratas y funcionarios se hicieron de ellas. Se vivieron horas de solidaridad pero entre los mexicanos y se retrató la incapacidad del gobierno y su distanciamiento con la población, su incomunicación. La instalación de gigantescas morgues y el hecho de que hasta el presente se desconozca el número oficial de muertos y desaparecidos habla por sí solo.

No fueron pocos los que decidieron abandonar la capital del país casi de inmediato. Gobernadores de varias entidades ofrecieron vivienda para los afectados lo cual provocó que se iniciara la campaña “haz patria, mata un chilango”. No se aceptaba que se les entregara un techo a quienes estaban llegando cuando había cientos esperando que les asignaran una casa. Se les estaba despojando y en eso también las autoridades se vieron lentas e ineficaces. Así que fue la sacudida del terremoto pero también las consecuencias del fenómeno, mismas que permanecen en varias colonias, después de más de casi 24 años. Incluso existen vecindades en ruinas, cuarteadas, que no han derrumbado, están habitadas y cuando tiembla se ve a los habitantes salir llenos de pavor.

En Quintana Roo se registran también fenómenos naturales que reflejan la ira de la naturaleza con toda su rudeza. Solo que a diferencia de lo vivido las precauciones antes, durante y después de, están a la vista, se hacen presentes, la autoridad no se pierde en acciones que revelan incapacidades o temores. Cada año se tienen los reportes de la llegada de huracanes y son los ciclos en los que todas las llamadas se multiplican, se da información, se mantiene a las direcciones de protección civil en alerta, se practica toda serie de estrategias de desalojo, evacuación tanto de la zona hotelera como de los lugares y áreas de peligro, se brinda atención directa y se refuerzan las reuniones con los medios de comunicación a fin de que los ciudadanos cuenten con un catálogo de medidas que les permitirán salir muy bien librados de estas etapas.

La semana que recién concluyó tuvo lugar la reunión de la Organización Meteorológica Mundial y se intercambiaron estrategias y experiencias tanto en la aplicación de mecanismos de pronóstico como de respuesta oportuna ante la presencia de estos fenómenos. Y es que existe la certeza de que los ciclones tropicales serán cada vez más intensos y destructivos por lo que se tramitan y firman diferentes convenios de colaboración que incluyen información internacional y hasta líneas aéreas. Para la agenda del gobierno quintanarroense tanto la protección como la prevención de huracanes son temas siempre presentes.

A diferencia de lo que sucede en el Pacífico y en la capital del país en donde se ha dado a conocer que la falla de San Andrés provocará en algún momento un terremoto de intensidad mayor a la registrada en 1985 y ante lo cual a lo más que han llegado es a simulacros en algunas escuelas y en edificios públicos sin dar mayor información ni preparación a los habitantes, en Quintana Roo el mandatario estatal encabeza muchas reuniones en las que se toman todo tipo de medidas para antes, en el momento y después. De ahí que surja la seguridad de sentirse protegido ante contingencias que no pueden evitarse en su presentación pero que hasta ahora, en este lugar, no se han caracterizado por la pérdida de vidas humanas.

Y eso, con amargas experiencias en la memoria, se agradece.

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