PERFILES: Los videojuegos de la muerte, el bullying y los verdaderos culpables

Publicado el junio 10, 2014, Bajo Noticias, Autor LluviadeCafe.

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Si ya de por sí nos enfrentamos a los cotidianos problemas para estirar el gasto, para adquirir artículos que hasta hace muy poco tiempo estaban al alcance de nuestros bolsillos y que aún no logramos determinar en qué momento se convirtieron en un lujo, se alejaron de nuestro presupuesto, nos revelaron que estábamos en el derroche cuando los adquirimos, no logro imaginar de qué tamaño es el coraje, el sentimiento de impotencia, el grado de rebeldía que se despierta cuando uno de nuestros hijos llega golpeado de la escuela y, con lágrimas en los ojos, nos narra cómo fue atacado, por cuantos y quienes son, con la súplica por delante de no decir nada porque le va a ir peor, o con la solicitud de sacarlo del plantel, “¡ya ni quiero ir y mucho menos estudiar!!!”, grita.

Es entonces cuando el rosario de culpas hace su aparición y lo mismo señalamos al gobierno de estarnos ahogando, de sumergirnos en una crisis que va resultando cada vez más insoportable y para colmo también el maestro, el director, el prefecto, hasta los de la limpieza son unos canallas que no están al tanto de la seguridad de los niños. Nosotros, nada tenemos que ver, empleamos nuestro día, las horas que se requieran para trabajar, para llevar el pan y todo el sustento que se necesita en nuestros hogares; cumplimos siendo ciudadanos de bien, ¡hasta los pinches impuestos pagamos!.

No existe un solo argumento para no calificar esta situación de difícil, de contrastante con la riqueza que en nuestro lugar de origen existe y nos rodea. Pero tampoco hay forma de no señalar que gran parte de todo esto que está sucediendo es nuestra culpa, no del gobierno, ni de los mentores, ni de Emilio Chuayffet, ni siquiera de Elba Esther Gordillo, a quien ya la han eliminado de la nomenclatura en las calles, de las escuelas que se construyeron durante su liderazgo, del nombre impuesto a bibliotecas, canchas de deportes, etcétera, en los planteles educativos hasta secundaria. Lo cierto es que hemos cuidado lo inmediato y descuidado el futuro y poco o nada se ha hecho por garantizar que, para nuestros vástagos, exista una existencia con oportunidades de desarrollo y bienestar.

Aceptamos que el gobierno escudado en una regla que no aparece escrita en ningún libro de economía, mantenga vigente el argumento del “libre mercado”, de la “libre competencia”, de la “oferta y la demanda” y que con ello nos marquen los precios que a cada comerciante le venga en gana sin que se tenga ningún control, sin que se respeten los productos que deben ser marcados con un margen mínimo de utilidad ya que conforman una canasta básica que era amplísima, y que se ha quedado reducida a unos cuantos productos que no son precisamente los de mayor consumo. No hay una reguladora de precios, función que antaño hacia la Conasupo a través de sus tiendas y con la venta de las harinas, por lo que se mantenían preciso accesibles en las tortillas y el bolillo.

Si suben la carne, nos conformamos con decirle a la familia que cada vez estará más ausente de nuestra mesa, eso es todo. Si elevan las colegiaturas amenazamos con retirar a los hijos del plantel y terminamos pagando con la tarjeta de crédito –agradeciendo la facilidad de hacerlo así-, la nueva inscripción; si es una escuela pública y no se entregan cuentas claras o existe un gran ausentismo, protestamos una vez y a la primera amenaza de expulsión de nuestro vástago, callamos; nada se pelea porque pagamos por la recoja de basura, ni hacemos mayor ruido si las calles están oscuras, tampoco hablamos de las sospechas sobre la existencia placentera de los dueños de una pequeña tiendita que ya ni jabones vende. Así vamos aceptando, uno tras otro, los dictados que afectan nuestro bolsillo, que nos hacen perder el poder adquisitivo, que nos llevan a perder la seguridad de una pensión, que nos roban los ahorros de las Afores, que nos obligan a pagar comisiones por cuentas bancarias en las que no hacemos movimientos, que marcan intereses que antaño no se atrevían los usureros a cobrar y a liquidar intereses sobre intereses en los retrasos de los pagos de las deudas.

Si analizamos nuestra acontecer cotidiano nos daremos cuenta de que no hemos levantado una sola voz para protestar por tanto y tan permanente daño. Algunos han utilizado el día de las elecciones para votar en contra del partido que consideran culpable de todas sus angustias y todos sus quebrantos pero… ¡oh desilusión! El que ofrecía un cambio, está peor; los que se decían pertenecer a la misma clase, a la trabajadora, los que utilizaban expresiones similares a la nuestra y que no lucían enriquecimiento, llegaron con la espada desenvainada y no dudaron en satisfacer hasta el más mínimo de sus caprichos, en hacer realidad todos los sueños que concibieron en raídas hamacas, cuando el dormir llegaba con el estómago vacío y… nada fue mejor, todo lo contrario.

O sea que, como dice el refrán: “no tiene la culpa el indio sino el que lo hace su compadre”. Claro que todo esto puede olvidarse momentáneamente si nos ubicamos detrás de una televisión, ponemos en marcha el aparato correspondiente y nos disponemos a “convivir” con nuestros hijos, a dedicarles tiempo, de ese que creemos le robamos a la vida y damos rienda suelta a las apuestas que vienen con el videojuego, gana el que mata a más, el que se deshace de sus enemigos, el que al disparar destruye brazos, piernas, vuela la cabeza, lo desbaratan. ¡Ese el que grita… GANE!!!

Normalmente es el hijo el que gana y el padre muy satisfecho le señala que es natural porque se la pasa practicando toda la semana. Y así es, los juegos de guerra, los de violencia, son los que están educando a nuestros hijos, los que les alteran el sueño, los que los llevan a reaccionar agrediendo a sus compañeros y en ello influyen hasta las pesadillas que tuvieron por abusar de esta utilización. Es con esta esclavitud con la que vemos cubiertas las necesidades de seguridad para nuestros hijos y lo que estamos formando con estos entretenimientos y los programas televisivos en los cuales hasta en los horarios familiares está presente la violencia, son futuros delincuentes o hasta sicarios.

Están otros juegos que también tienen a la televisión como punto de acción y que enseñan a bailar, a tocar toda clase de instrumentos acompañados por músicos famosos y de todos los tiempos, se juega boliche, tenis, futbol, basquetbol, golf, etcétera y parece imposible pero en un espacio reducido se hace suficiente ejercicio. Aunque lo ideal sería exigirle al gobierno que en lugar de andar dictando leyes calificando a los alumnos menores de edad como delincuentes y proponer hasta cárcel por las agresiones infringidas, o la exhibición pública de los padres bajo el señalamiento de no actuar responsablemente en su educación, o con la amenaza de cancelarle el registro al plantel, nos devolvieran nuestras calles para que, con la libertad con la que crecimos quienes vimos por vez primera la luz hace 50 o más años, ellos también recibieran la dosis de alegría que merecen.

No podemos ir en contra de los avances tecnológicos pero, ¿ha visto usted a su hijo disfrutar una, otra y otra y muchas veces más de un coche de control remoto tal y como usted se dio gusto durante años de empujar por una carretera pintada con gis en la calle un pequeño vehículo que se hizo viejo compitiendo? ¿Escucha reír a carcajadas a las niñas porque le dieron un té imaginario caliente a una muñeca y sin azúcar? ¿Los ha visto sudar brincando “el avión”, o corriendo para meter gol en una alcantarilla en un reñido partido de futbol? ¿Ponerse tiesos, nerviosos para poder hacer el perrito con el yo-yo o la vuelta al mundo, o el columpio? ¿Mover de arriba abajo la cabeza para lograr ensartar al balero? ¿Oye el canto de la matatena?

El pozolero, los asesinos que destazan, los sicarios, los matones, son jóvenes que crecieron cuando se empezaron a demandar deportivos, zonas especializadas para entretener a los jóvenes, cuando las escuelas dejaron de hacer excursiones a los zoológicos, a los museos, a los sitios en donde para ellos, para los niños y jóvenes, tocaban las grandes sinfónicas. ¿Son entonces culpables las autoridades educativas del bullying? Habría que preguntarnos porque tal parece que en los planteles dan rienda suelta a lo que hemos formado desde nuestra casa y habrá que eliminarlo, exigir que nos devuelvan esas calles, esa seguridad para que puedan desarrollarse mentes sanas.

Y esas calles están en las colonias populares, en las medias, en las altas, con la bicicleta, con el patín del diablo, con la avalancha, la patineta, los triciclos, para saltar la cuerda, para los improvisados partidos de futbol, para que de nuevo la imaginación se despierte y se pinten rayas para brincar. Un mirada a un pasado, que sin duda fue mejor, hace falta, porque si lo que hasta ahora hemos hecho fuera satisfactorio, bueno, nada sería como es y está en nosotros gran parte de ese cambio que exigimos realicen terceros, cuando lo que se está afectando está dentro de nuestro hogar.

Pongamos manos a la obra y ojalá a los diputados federales o locales se les ocurriera hacer un llamado para que se forme una pira que destruya todos esos videojuegos de guerra que están liquidando a uno de los principales amores: el amor a la vida. Por decreto y con amenazas no se logran los cambios que deben comenzar justo en el punto en donde se están creando ¿no cree usted?

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