PERFILES: La tecnologia ¿Buena o mala? por Lilia Arellano

Publicado el julio 14, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

lilia

Julio 14, 2014.- En los últimos días nos hemos cuestionado frecuentemente que tanto nos ha ayudado a ser mejores la tecnología, todos esos avances que nos asombran cuando nos percatamos de que niños y jóvenes nacieron con lo que llamamos “un chip” que les permite el manejo de una serie de aparatos que surgieron sin que los hubiéramos imaginado.

Acaso ¿es mejor la sociedad de ahora que la de antaño? ¿Tienen esos pequeños genios la misma habilidad para comunicar sus pensamientos y sentimientos a través de una serie de mensajes telefónicos o a través de la computadora de la que antes se tenía? ¿Han sido útiles todas estas herramientas para corregirles por lo menos la ortografía, para que conozcan más de la historia del mundo, de su país?

Como éstas podríamos marcarnos un sinfín de preguntas de las que difícilmente tendremos una respuesta definitiva porque siempre habrá un pero que las contenga. Es cierto, no somos mejores pero estamos más informados, dicen algunos. Otros señalan que es la mejor manera de estar en contacto con personas en todo el mundo, cuando ni siquiera lo podemos estar con nuestros vecinos. Están los que ven en la tecnología la maravilla del mundo y se olvidan que todo su aparato, su persona, su interior, es la mejor muestra de que existen maquinarias que piensan, siente, se desenvuelven, que son perfectas.

De la mano de la tan mentada tecnología y sus avances llega la promulgación de un montón de leyes que se suman a las ya existentes y que se necesita estar jodido para que se apliquen puntualmente porque si se cuenta con un respaldo económico importante no hay reglamento alguno que pueda emplearse para dictar algún castigo. Un claro ejemplo de esta deshumanización y su espectro legal lo tenemos en las actuaciones de los señores ministros de la Corte o en la de los Tribunales Superiores en cada Entidad. Góngora Pimentel nos dejó para la posteridad lo que significa violar todo los derechos, faltar a todas las obligaciones, incurrir en los abusos de poder más dañinos.

Para ese hombre como para muchos otros, no hay ley que pueda aplicarse, ni antes de la era tecnológica ni después de ella con todo y los beneficios que dicen ha traído. Hasta en la aplicación de las penalidades resultó afortunado frente a lo que se ha dictado en contra de otros sujetos que no parecen dispuestos de manera voluntaria a dar el dinero suficiente para el sostenimiento de sus hijos. A Góngora –el nombre lo eludimos porque sus acciones son iguales: no tienen nombre- no le impusieron un porcentaje de descuento en sus ingresos porque como son pensiones no están contempladas dentro de las leyes que nos rigen y que ellos violan tan flagrantemente.

La violencia, las agresiones que lo mismo se dan en las escuelas que en el interior de los grupos de amigos nos dan la muestra de lo equivocado del manejo de los avances tecnológicos, de la destrucción familiar que ha traído consigo el consumismo, las ambiciones que anteponen los ladrillos, la modernidad de los aparatos como las televisiones, las lavadoras de platos, los centros de limpieza, los autos, las bolsas y la ropa de marca, las corbatas de moda, los trajes y las camisas con el bordado de las iniciales, a las reuniones con las pláticas, la charla, las risas, las anécdotas de las familias reunidas.

De manera permanente le exigimos al gobierno, a los partidos políticos, a las asociaciones, al clero, a la policía, a los diputados, a los senadores, a los alcaldes, a los gobernadores, un cambio, una transformación y en las cuatro paredes que conforman nuestro hogar –las casas son otra cosa-, no se registra un solo evento, una intención por mínima que sea, de darle un giro a nuestra existencia diaria, a evitar que se utilice de manera incorrecta la tecnología, que aprovechemos los avances para lograr una mejor formación y enseñanza de los menores, para que, incluso, juntas las generaciones vayamos por los mismos caminos del asombro sin dejar de tener muy presente que antes que cualquier elemento a nuestra disposición estamos nosotros mismos, con todos los sentimientos que esto conlleva.

Todo esto no debe ser un asunto fácil, como tampoco lo fue, seguramente, subirse al Titanic, o abordar por primera vez un avión, o construir la base de la NASA, o lanzarse al espacio. Sin embargo y frente a una descomposición social de la que somos testigos se presenta en todos los órdenes que abarca a los sectores sociales en donde las víctimas y los victimarios están lo mismo en las residencias que en los barrios más humildes, hay un esfuerzo por realizar y en el que tenemos que centrarnos antes de que esto termine en una guerra que todos justifiquemos porque así se ha visto en el registro de la historia cuando la humanidad como los imperios llegan a su punto máximo para después ir en picada y destruirse.

Si se registran en el presente tantas inconformidades a las que nos consideramos débiles para hacerles frente es por esa debilidad que nos ha llevado a no fijar las reglas en nuestro propio entorno y, por lo tanto, tampoco aceptar lo que consideramos permanentemente imposiciones. Sería utópico hablar del mundo ideal, pero cada quien tiene su propio globo terráqueo, su esfera, su tierra, su terreno en donde sembrar y lograr que fructifiquen las semillas. La modernidad, la globalización, al igual que los discursos que todo lo justifiquen en nombre del desarrollo y el empleo, se han convertido en nuestros fantasmas, en los enemigos a los que culpamos para evadir nuestras propias culpas.

Ha resultado sencillo esconderse detrás del argumento de que el padre y la madre trabajan, de que los divorcios son hoy comunes y que como hay que encontrar la felicidad todo está justificado sin considerar la desintegración que se inicia con ese primer paso. Se menciona como justificante ante las agresiones de niños o adolescentes en contra de otros, el que no hay tiempo para dedicarles, que se están formando en la soledad de la tecnología, que no les agradan las actividades libres pero que tampoco podemos incentivarlos a que las lleven a cabo porque las calles, las banquetas, las avenidas son de la delincuencia.

Es pues difícil enfrentar una situación como la actual. Sin embargo en todo momento y alejados de esas exigencias que una sociedad destructiva nos quiere imponer y una tecnología muy avanzada a la que no sabemos adaptarnos para tomar de ello todo lo que sea bueno y formativo, seguramente habrá algunos cambios y, con la fortaleza necesaria y el rumbo nuevamente encontrado será mucho más fácil explicar el porqué de cada una de nuestras manifestaciones de rechazo, de inconformidad, para exigir que nuestro entorno también se transforme, cambie. No es posible exigir cuentas sobre dineros cuando no podemos entregarlas ni siquiera en la formación de nuestros hijos.

Habrá que reflexionar y tal vez encontrar la respuesta y, por ende, el rumbo. O ¿le seguimos así y ya veremos en qué topa? En el siguiente texto encontramos que podría ser una generación que se dice agotada la de las respuestas que, paradójicamente, formarán el futuro; Rosaura Barahona de Monterrey, así lo ve;

Nacieron en la última parte del siglo 20.Viven en una transición provocada por muchas revoluciones: la mediática, la cibernética, la sexual y la político-social. Las crisis han sido y son parte de su realidad cotidiana. Los anticonceptivos y la revolución sexual les
permiten tener relaciones sexuales sin casarse.Posponen la edad de la boda y la llegada de los hijos (que son menos). Los homosexuales, las lesbianas, los bisexuales, los transexuales salen a la luz, exigen respeto y, por fin, se integran al panorama social. Hablan de todo, sin tapujos. Los privilegiados estudiaron y soñaron con una carrera que ayudara a cambiar el mundo. Los no privilegiados vieron crecer el abismo entre su mundo y el otro, cuando el campo se terminó y los salarios se degradaron. Los obreros que antes comían tres platos del portaviandas, hoy se conforman con un refresco y una bolsa de fritos. Nutrirse es misión imposible; matar el hambre, consigna para sobrevivir.
Presenciaron la caída del muro que algunos interpretaron como un nuevo amanecer de paz y armonía. Los suspicaces intuyeron que al faltar el totalitarismo resurgirían las rencillas, los resentimientos y las luchas reprimidas, pero no resueltas. Y resurgieron. La frivolidad es su norma de vida: si no es espectáculo que divierta no vale la pena. Los artistas, los de verdad y los de paja (creados por los medios), valen por el dinero que generan, no por su talento. Incluso los no artistas serán famosos durante 15 minutos, anunció Warhol. El narcomundo, infierno o paraíso, es omnipresente. La juventud, la delgadez, el dinero y el consumismo son los nuevos dioses de su Olimpo. Las arrugas, las canas, el cansancio, un cuerpo normal, no usar accesorios o ropa de marca son pecados imperdonables que los condenan al ostracismo social.
Importa discutir y defender los valores, no ponerlos en práctica. La doble moral (aceptada tácitamente) construye un sólido edificio sobre tales cimientos. El catolicismo pasa de ser refugio espiritual a distinción clasista. Dime con qué grupo estás y te diré por qué escala crees que llegarás al cielo. Los sacerdotes se vuelven mortales y la parafernalia eclesiástica, junto con la jerarquía, se ven obsoletas y rancias. El capital cambia de inversión a especulación. El mundo dice que se globaliza (sólo una parte se puede dar ese lujo) y se agrava la polarización entre el primer y el tercer mundos.
México sigue empantanado, a pesar de la alternancia iniciada por un presidente con muchísimos altibajos. Los insaciables partidos se enriquecen y se adueñan del País. La impunidad sigue imperando en nuestras vidas. Para qué denunciar, si no sucede nada.
El empleo deja de ser de planta y con prestaciones. Sus contratos son temporales aunque duren 10 años, pero no acumulan antigüedad ni prestaciones. Trabajan jornadas dobles sin pagos extras bajo la espada de Damocles: ‘Hay cientos esperando tu puesto’. La ley los protege, pero se hace de la vista gorda cuando las empresas se salen con la suya.
La mayoría quiere primero tener y luego ver si puede ser. Al casarse desean empezar con todo. Un solo sueldo no alcanza. La pareja debe trabajar. Hay que integrar las tareas domésticas y la intensa vida social. Si llegan los hijos, a buscar guarderías. Corren todo el día. Uno para un lado, la otra, para el otro. Se reencuentran en la noche, siempre cansados. El estrés, la presión alta, los infartos y la depresión son familiares cercanos. Consumen Prozac como antes consumíamos ‘salvavidas’. Carro del año, vacaciones al sitio de moda, colegios caros (no necesariamente buenos), la acción en un
club difícil de pagar, la casa en la colonia debida y el conservadurismo a flor de piel. Qué flojera Chiapas: son todos pobres e indígenas.
Hable usted con ellos y compruébelo: están exhaustos. Si pudieran, dormirían una semana completa. Les falta sueño y les sobra cansancio de tanto correr tratando de morder su propia cola. Es la generación joven agotada. Antes de morirse, deberían detener su tiovivo y bajarse a respirar, a ver las montañas, a dar gracias por estar vivos y a comerse un helado sin hacer nada. La vida también es eso. Respuestas interesantes.

COMENTA TAMBIÉN SIN FACEBOOK: