Enrique en el país de las maravillas

Publicado el agosto 28, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor MonaLisa.

Peña Nieto * Aleyda González retrata al mandatario Enrique Peña Nieto en forma de una fábula, cuya moraleja incumbe a todos los mexicanos.

Érase una vez un presidente de trapo, manejado por los hilos de los poderes fácticos. Sus presentaciones en público eran siempre cuidadosamente planeadas y sus discursos eran siempre de cartón. Enrique, a quien se conocía como el Señor Presidente en este país de fantasía, repetía constantemente frases vacías que en realidad nadie creía, pero aún así muchos aplaudían.

Por Aleyda González / Entre Noticias

Desde sus inicios como gobernador, a Enrique lo había apoyado incondicionalmente la cadena productora de cuentos más grande de Latinoamérica. Presentándolo como un muñeco guapo y de buenas intenciones, a quienes las amas de casa mexicanas recibieron con buenos ojos, pues además de ser galán se había casado con una cortesana que anteriormente ocupaba las pantallas de televisión como actriz de telenovela.

Enrique vivía en un país donde la realidad superaba, por mucho, las fantasías más ambiciosas de cualquier político corrupto.

Cuando Enrique llegó a Los Pinos -como se le conoce a la enorme mansión que habitaba junto a su numerosa familia de bellas mujeres- poco tiempo pasó antes de que comenzara a recibir muestras de apoyo de todos los representantes de los grandes partidos políticos. En una ceremonia ampliamente publicitada en todos los reinos del mundo, se habló de aquel pacto que había de dar muestra de la capacidad conciliatoria de este nuevo presidente. Dando con ello inicio a una nueva era de crecimiento económico, pero solo para los títeres del poder, pero no así para el resto del pueblo.

Enrique siempre retribuía los favores recibidos y se empeñaba en proteger a sus amigos más leales, así como destruir a aquellos que no habían sabido ofrecerle su incondicional apoyo. Tal fue el caso de la malvada bruja, Elba, quien por décadas mandó en el mundo de la educación y manejó a su antojo las cuerdas del espectáculo magisterial. A Elba le tenían preparada una pequeña celda en una torre. Pero no en un castillo como los que ella poseía en varios lugares del mundo, sino en la torre médica del reclusorio de Tepepan, alejada de los lujos y los manjares a los que estaba acostumbrada. Desde su reclusión, la bruja del SNTE vive enferma y aislada, pues pocos son quienes la procuran y visitan desde que cayó de la gracia del presidente.

Sin embargo, a sus amigos, Enrique les daba un trato distinto. A ellos les procuraba tanta prosperidad y protección como estuviera en sus manos dotarles. Por ejemplo, a los pocos meses de haber sido nombrado presidente, uno de sus amigos fue liberado y exonerado del delito de enriquecimiento ilícito por el que había estado en la cárcel más de 15 años.

Gracias a él, Raulito, el hermano mayor de otro personaje que también había sido presidente de México, pudo recuperar los 24 inmuebles que le habían sido confiscados y le devolverían el acceso a los 224 millones de pesos que alguna vez congeló la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV).

En fechas más recientes, en la capital del país, se dio a conocer que el presidente del partido al que Enrique pertenece, un monstruo de nombre Cuauhtémoc, mantenía un haré a sus servicio dentro de las instalaciones del partido. Bajo el argumento de que las bellas damiselas cumplían funciones administrativas durante horario de oficina, sus servicios eran pagados con dinero de los contribuyentes. Pero ese horario algunas veces se extendía a las noches y madrugadas, además de incluir eventos en centros nocturnos, pues el hombre que las contrataba trabajaba largas horas y requería de atención especial y favores sexuales durante estas largas jornadas laborales.

Así pasaron los meses y las autoridades hacían como que investigaban, mientras las doncellas desfilaban por las oficinas de la procuraduría dando testimonios de los abusos sexuales a los que fueron sometidas. Finalmente, las autoridades reconocieron que ese pobre hombre, Cuauhtémoc, que tanto había hecho por el partido no podía ser declarado culpable de tales atrocidades, pues no existían pruebas suficientes que demostraran, sin lugar a dudas, que él era el temible monstruo que esas mujeres describían.

A sus súbditos leales, Enrique sabía cómo consentirles. Siempre espléndido como lo son quienes ostentan el poder, pues en México la palabra austeridad jamás se aplicó a los recintos parlamentarios. Al grupo legislativo que le acompañaba en sus tareas reformistas se le otorgaron tan sólo en dos años bonos de mil 843 millones de pesos. Y no es casualidad que las distintas entregas de estas sumas millonarias, fueran siempre posteriores a las aprobaciones de las múltiples reformas que Enrique pidió a sus lacayos impulsaran y aprobaran con prontitud.

Pero los gastos de fantasía de este muñeco de sololoy no se limitaron al recinto parlamentario. Por eso, y para que todos en su administración tuvieran los elementos necesarios para realizar de forma eficiente su trabajo, a la Fuerzas Rurales Estatales de Michoacán, se les otorgaron vehículos de la marca BMW, Mercedes Benz o Hummer, con un costo de alrededor de un millón de pesos por unidad, para que pudieran realizar sus labores de vigilancia.

Así pues, no era difícil imaginar que aquel presidente no esperaría menos que lo mejor para su propio transporte. Por ello desde antes de que le compraran la presidencia, Enrique también mandó comprar una aeronave que costaría el equivalente a 105 millones de salarios mínimos, y que el obediente pueblo de México pagaría en no menos de 15 años.

Así pues, en un país donde el salario mínimo no alcanzaba ni para comprar la canasta básica. Donde la extrema pobreza en estados como Chiapas, Guerrero y Oaxaca alcanzaban niveles de hasta el 32 por ciento, México era el país de las maravillas. El país donde los gastos gubernamentales eran fantásticos y el dinero jamás fue un problema para quienes se encargaban de repartirlo. Un país en el que los niveles de corrupción iban más allá de lo que cualquier escritor de ficción pudiera describir y los mexicanos honrados y trabajadores, que eran la absoluta mayoría, permitieron por siglos que ese modelo de política siguiera vivo y se fortaleciera más que nunca después del regreso al poder de aquel monstruo de diez cabezas disfrazado de muñeco de trapo con carita de porcelana.

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