PERFILES: Hasta que la muerte nos separe

Publicado el septiembre 8, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Lilia Arellano perfiles

Dentro de la vida hay no solo esas dos formas que se establecen para determinar el estado civil: soltero o casado, en masculino o en femenino, da igual porque esa declaración no se apega a la realidad. Las hay divorciadas, viudas, separadas, en unión libre. Sin embargo todas estas se engloban en: soltera. Es decir, sola. Y vaya que aún entre éstas hay diferencias. Están las divorciadas con pensión, las que no reciben un solo peso y cargan con toda la responsabilidad de sacar adelante a los hijos. Otras tienen que dar una parte de sus ingresos para la manutención de su ex pareja.

Las hay que encima cargan con las declaraciones de quienes les juraron amor eterno dentro y fuera de las sábanas que las denostan públicamente; hacen confesiones sobre supuestas infidelidades, descuidos, mal trato, etcétera. Así que habría que agregar si felizmente divorciada, para ser un poco más exactos porque también se aplica aquello de “más vale sola o solo que mal acompañado” y, resulta que cuando ya no hay unión, no es solo una noche, una tarde, una mañana, cuando se recuerda al causante de todos los males que quedaron estampados en un acta que nada tiene que ver con la primera, con la original, con la que unió a la pareja.

Ahora que, ser viuda, ese ya es otro cantar, es otra soledad, son otros los recuerdos. Parece mentira que la muerte se constituya en un gran telón que borra muchos sinsabores del pasado o magnifica las virtudes que incluso, en vida, no fueron reconocidas. Quién sabe si lo mismo suceda con los viudos, finalmente son menos que las viudas, pero resulta que aquellas que durante años fueron golpeadas, insultadas, a las que las dejaron sin comer y hasta las encerraron, lloran a mares cuando están en los velorios. Es entonces cuando el hijo de mala madre sufre una asombrosa transformación.

De borracho, con todos los adjetivos imaginables, pasa a ser un hombre con gran gusto por las copitas, que mostraba alegría frente a sus amigos a los cuales invitaba porque no le gustaba estar feliz solo, lo tenía que compartir. El muerto era generoso, se preocupaba por los vecinos, siempre estaba presto a ayudar a la hora que fuera, o sea que se borró que le daba el medio día tirado, sin ir a trabajar víctima de una santa cruda, de ahí que no soportara los gritos de la vecina cuando su casa se estaba incendiando, lugar al que no acudió ni para llevar una cubeta vacía. También la parca lo convirtió en responsable, íntegro, en el hombre que llegaba con el sobre del sueldo cerrado y que mostraba gran preocupación por el futuro y la escolaridad de los hijos.

Los infieles resultan ser los simpáticos, los perseguidos, los que se constituyeron en un reto para atraparlos y de ahí que se soportaran esos gustos por el sexo femenino que nunca pudo controlar el pobrecito y que tanto daño le causaron. Las pláticas de estas llorosas viudas, cuando los asistentes al velorio conocen el pasado de las parejas no dejan de asombrar a quienes las escuchas, mismos que, discretamente hacen ver que el dolor simplemente las está llevando a la locura, porque ha sido desde siempre admirable su capacidad de aguante y el amor que permanentemente demostraron.

Es notable la diferencia entre divorciadas y viudas y la soledad que cada uno de estas solteras, civilmente hablando, enfrenta. Las primeras buscan rápidamente bajar de peso, arreglarse la cabellera, buscar nuevos maquillajes, levantar las faldas, acudir al gimnasio y así estar listas para atrapar al siguiente. Las segundas se muestran inseguras porque tal vez ya nadie quiera poner la mano donde se las puso el muerto. Cada quien, de acuerdo a su circunstancia busca de nuevo relacionarse y pasar de esa soltería a la etapa que ya se tenía, a la de casada.

Tal vez la diferencia entre estas y las dejadas o las de unión libre es exactamente esto último, la libertad. O sea que esa exigencia de la firma de un contrato matrimonial si es causal de cambios que no van precisamente en relación con los que consigue la muerte pero que, finalmente se producen. A los viudos se les ve llorosos, cabizbajos, pensativos, siempre callados y recibiendo palmadas en la espalda en señal de compañía en el duelo. Poco hablan, si no es que nada, de sus mujeres. Se acercan a los ataúdes, contemplan los cadáveres y si acaso mueven la cabeza.

No sé si hay dolor, si lo que pasa es que están apesadumbrados porque no pueden soltar una sonora carcajada, si lo que les preocupa es quien va a tender la cama o a plancharles la camisa. Debe entrarles la duda sobre si decirles a sus hijos de una mujer con la que han venido compartiendo el sexo y algunos eventos desde hace años y a la que ahora puede sacar a la calle y hacerla suplir las tareas de la que se fue, o si no tienen a nadie y no saben a cuál de sus vástagos lanzarle un grito de auxilio para que se encarguen de su humanidad.

A diferencia de las viudas, los viudos son todo un enigma. No he encontrado ni siquiera estadísticas que revelen cuanto tiempo les lleva en promedio encontrar otra pareja. Tampoco se escucha a alguno de ellos decir que ya se tiño el pelo, que cambió el vestuario, o por lo menos se le ve con un aire más juvenil. Y esto se observa hasta cuando sale a la luz esa amada amante, las familias se enteran de esa existencia y con gran pena ven cómo el infiel va perdiendo lozanía, se va apagando y yo me pregunto si la difunta no estará, con sus celos, regresando por él.

En fin, eso de soltera o casada, le digo que no es verdad, que el estado civil abarca mucho más y que así debería plasmarse. Por lo pronto ser viuda es una nueva experiencia que hace recordar la promesa “hasta que la muerte nos separe”.

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