Bruta, ciega y sordomuda. Anel Hernández Sotelo

Publicado el Mayo 13, 2015, Bajo cultura, Autor Nonoy.

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La academia mexicana y la domesticación del pensamiento crítico

Estado y gobierno son dos nociones que en la praxis política mexicana se funden en una sola. Justo sería entonces reconocer el legado de Luis XIV a los fundamentos de la “democracia” mexicana. Si bien, resulta poco probable que quienes ostentan los cargos de gobierno sean capaces de esbozar un somero perfil histórico del monarca francés, en la práctica ejercen el poder con la máxima que a éste se le atribuye: “El Estado soy yo”. Y es que en México el Estado es el presidente, aunque también lo es el policía judicial, el diputado, el senador, el presidente municipal, el jefe delegacional, la secretaria del Ministerio Público, el juez de oficio, el empresario, el narcopolítico, el presentador del noticiero, el arzobispo y, más recientemente, son también Estado los dirigentes de la Policía Federal, la Policía Rural, la Fuerza Ciudadana y la Gendarmería. En este país miserable, el que humilla, ofende, desprecia, oprime, viola y mata es Estado. Los demás son sólo súbditos.

El buen súbdito, entonces, percibe al Estado como un ente de doble envergadura. Está prohibido disentir, exigir, opinar y criticar. El buen súbdito calla porque con su silencio obtiene las dádivas que los que disienten, exigen, opinan y critican jamás obtendrán. Así, el gobierno-Estado es percibido como un ente benefactor que se traviste con el rostro del personaje en turno. Los programas sociales y culturales, las inversiones a instituciones científicas y educativas, los incentivos al desarrollo agrario y la promoción a los pequeños comerciantes, son percibidos como producto de un aparato asistencialista que providencialmente da, obsequia y regala subsidios -según el más puro axioma de la caridad cristiana- a quienes entienden los beneficios del silencio. Nada más lejos de la realidad porque las arcas del Estado las llenamos, ahora sí, los ciudadanos que pagamos impuestos. Las instancias administrativas gubernamentales hacen un reparto corrupto de nuestros haberes. En manos de asesinos, traficantes, depravados y ladrones que ostentan los cargos públicos, este reparto es el que posibilita el lavado de dinero, el tráfico de influencias, los crímenes masivos y la emergencia y el mantenimiento de sistemas represores “a la carta”.

En este sistema de súbditos y ciudadanos a conveniencia, ¿quienes integran las instituciones universitarias y de investigación merecen un lugar aparte? ¿Los catedráticos, los profesores eméritos, los directores de los centros públicos de investigación, los que ostentan plazas de tiempo completo como profesionales de la educación superior, son súbditos o ciudadanos? Héctor Rojas apunta que “el índice de analfabetismo en México ha permanecido intacto en diez años, cerca de 6.8 por ciento de la población nacional mayor de 15 años es analfabeta. Ahora la cifra alcanza unos seis millones de mexicanos que no saben leer ni escribir […] En 2000, eran 5 millones 942 mil. En 2010 descendió medio millón. Cuatro años después, hoy, la cifra volvió a aumentar, no así el porcentaje, 5.8 millones de mexicanos analfabetas”.[1] Y, según el Censo Nacional de Población y Vivienda 2010, el 71.9% de los jóvenes mexicanos entre los 18 y los 24 años carecían de posibilidades para asistir a una institución de educación superior (no hay señales de que la situación haya mejorado en los cuatro años posteriores al conteo de población levantado en 2010). [2] Hay que añadir a este deprimente panorama los altos índices de deserción estudiantil, el bajo porcentaje de universitarios titulados y el nimio porcentaje de profesionistas que obtienen estudios de posgrado.

Sin embargo, en las instituciones públicas de educación superior y en los centros públicos de investigación auspiciados por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, la realidad parece ser otra. El ambiente de estos sitios es idílico, es el Otro México. Hay doctores, maestros, catedráticos y profesores eméritos por doquier. Los más, instruyen a los estudiantes de grado y de posgrado en la disciplina de la reverencia a cierto autor o a ellos mismos, sin glosas, sin matices y sin debate. Los menos, hacen de cada clase un ágora donde se vincula el objeto de estudio con las vivencias actuales. Los más, reciclan sus investigaciones una y otra vez para coleccionar diferentes versiones del mismo texto que presentan ante el Sistema Nacional de Investigadores de trienio en trienio. Los menos, utilizan el tiempo que los más ocupan en maquillar sus textos de “nuevos” para preparar clases, corregir trabajos, explorar fórmulas pedagógicas y debatir sobre el México real. Los más ganan fama y prestigio. Los menos ganan respeto y admiración.

Desgraciadamente, la línea sublime que diferenciaba a los más de los menos parece haberse diluido en los últimos dos años. Quizá fue mucho antes, pero ahora es evidente. La selecta y privilegiada clase académica de este país ha mostrado una absoluta indiferencia ante la vorágine de acontecimientos, de reclamos sociales, de crímenes de Estado y de reformas constitucionales dictadas “para el pueblo pero sin el pueblo”. Algunos incluso se han decantado por la criminalización de la protesta; otros han defendido a personajes como Rosa Verduzco, utilizando el lenguaje “de los letrados” para plasmar el pensamiento propio de los confesores eclesiásticos. Los más histriónicos, aparecen en televisión, se les escucha en la radio, graban spots digitales y dictan conferencias magistrales pero su exposición se reduce al desarrollo de sus intereses de investigación, sin añadir comentario sobre el estado del Estado, sin proponer, sin objetar, sin indignarse… Y aún hay más. Los académicos que ocupan las rectorías universitarias y las presidencias de los centros de investigación se han asumido como vástagos de ese Estado que venimos esbozando y solapan el plagio, el desvío de recursos, la existencia de cacicazgos, la corrupción con que se convocan y concursan las plazas para profesores de tiempo completo y promueven el descrédito de los colegas que, al verter sus críticas a este sistema educativo podrido, resultan incómodos. Incluso, al gremio de los narcoempresarios, narcobanqueros y narcopolíticos hay que agregar ahora un selecto grupo salido de la clase más preparada de este país: los eméritos narcoacadémicos.

Brutalidad, ceguera y sordomudez es lo que ha manifestado la elite intelectual y académica de México. Pero ellos también han de recordar que son tales en tanto que es del erario público de lo que viven. De las arcas del Estado corruptamente repartidas -y que parecen infinitas- se pagan su salario, sus viáticos para asistir a congresos nacionales e internacionales, sus prestaciones, el inmobiliario de su despacho, los bonos para la compra de libros y materiales, el mantenimiento del centro donde laboran, las hojas y la tinta para imprimir, el equipo de cómputo y el café que todas las mañanas toman, sea de la calidad que sea. ¿Ciudadanos o súbditos? ¿Instructores o educadores? ¿Agentes de cambio social o perpetuadores de la omisión y la impunidad?

publicado en Letras del Norte
https://letrasdelnorte.wordpress.com/2015/04/14/bruta-ciega-y-sordomuda/

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