Cuento Quincenal: La noche de los vampiros @JoseCruz777

Publicado el Septiembre 19, 2015, Bajo Cuento, Autor Rucobo.

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La noche de los vampiros
Cuento corto
19 septiembre 2015

Gilberto pasó la más espeluznante noche de su vida, sufrió lo indecible, al ser inmisericordemente atacado en forma masiva, por al menos cien de esos seres aficionados a la sangre -humana preferentemente-, se preguntará usted, ¿cómo es que pudo sobrevivir, y de dónde tanta sangre? Resulta que no eran vampiros propiamente dicho, aleje de su mente al Conde Drácula -aquel famoso vampiro de Transylvania-, se trataba de vampiros si, pero en miniatura, conocidos en Chihuahua como “Moyotes”, y como “Zancudos” en buena parte del país.

Relata y recuerda esa experiencia como alucinante, sus nervios se tensaron al máximo, su estabilidad emocional amenazó con salirse de su cauce, fue probado su nivel de tolerancia al dolor y algunas preguntas existenciales bulleron en su atormentada psique. Todo comenzó cuando… descuidadamente dejó semi abierta la ventana de su recamara que comunica al jardín, pletórico de maleza, hábitat apropiado de esas crueles criaturas, ah, el mosquitero estaba perforado -faltaba más, siempre opera la ley de Murphy-.

10:00 p.m, antes de dormir atacaron los más osados o hambrientos, en la cara de Gilberto se dibujó un rictus de preocupación, se levanta y con cierta violencia cierra la ventana, se recrimina acremente por su imperdonable error, sin percatarse que el daño ya estaba hecho. Cientos de esos voraces insectos estaban bajo la cama y en su cabecera, en espera de que Gilberto cayera abatido por el sueño y así, con toda impunidad cebarse en él.

0’0:00 hrs. despierta alarmado Gilberto, presa de agudos dolores en buena parte del cuerpo, se da cuenta de su situación y a ciegas lanza inútiles manotazos al vacío, pudo matar algunos de esos animalejos, si, pero de risa. El ser humano carece de visión nocturna como esos bichos, quienes además están dotados de enormes alas y de un cuerpo esbelto que los hace transportarse con agilidad y ponerse a buen recaudo de los torpes manoteos de su víctima. Afloran en los ojos de Gilberto unas lágrimas furtivas, de coraje, de impotencia, de frustración. Vuelve a conciliar el sueño, vacilante pero sueño al fin.

2:00 a.m, despierta nuevamente Gilberto , merced a una lacerante picazón en casi la totalidad de su maltrecha epidermis -piel- y también a irritantes y enloquecedores zumbidos muy cercanos a sus oídos, lo que provocó que algunos de sus manazos tuvieran como destinatario a él mismo. Enciende la luz, sin encontrar a uno sólo de sus agresores, los que instintivamente recurren a la protección de las sombras.

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3:00 a.m, Gilberto no puede más. Si en sus manos estuviera, realizaría un armisticio con esos diminutos insectos alados, cediéndoles la totalidad de sus propiedades, con la condición de que cesaran de masacrarlo. Luego, se echa en cara no haber comprado el imprescindible repelente y rasca furiosamente sus docenas de ronchas -que presentan un espectáculo horrible- como expiando la culpa de su omisión.

4:00 a.m, debido a la falta de sueño por haber pasado casi la totalidad de la noche en vela, Gilberto empezó a delirar, y en sus desvaríos se percató de la similitud en el accionar entre esos pequeños monstruos que lo torturaban y algunos empleados del gobierno de los tres niveles. Ellos atacan a su víctima -ciudadano- en forma impune y cobarde debido a que se halla indefenso y a su merced. Ellos armados y el ciudadano desarmado, ellos bien comidos y el ciudadano hambriento, ellos opulentos y el ciudadano miserable… y en esas elucubraciones le llegó al fin un instante de sueño.

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5:00 a.m, Gilberto sollozante se sienta al borde de la cama, su mirada se encuentra extraviada, no hila correctamente sus ideas, la vida le parece una soberana porquería, se ha perdido en el tiempo y en el espacio -no recuerda la fecha, ni el mes, ni el año e ignora la ubicación del punto cardinal norte-, casi en estado de shock… finalmente duerme de 5:30 a.m a 6:30 a.m, hora programada en su reloj despertador.

Al día siguiente, visita a su amigo Moisés y le narra la noche de espanto que pasó, además en sus brazos y rostro exhibía las pruebas visibles de su terrible odisea. Le dice su amigo, de haberlo sabido, fíjese que hace mucho inventé un poderoso veneno en contra de esos bichos, dice Gilberto, “Lo que cueste lo compro”, le dice Moisés, no tan aprisa, el producto tiene un inconveniente, su modo de aplicación es difícil, pero el veneno es muy efectivo. Captura usted al mosquito y con mucho cuidado le abre el hociquito y con una pequeñísima cantidad del veneno que inventé, que este ingiera, listo, la bestezuela muere en instantes.

Finalmente, Gilberto visita a José Cruz, individuo que escribe historias y con el simple comentario de: “Fíjese que ayer pase una @#&/?% noche de infierno, me picotearon los moyotes -zancudos-“. Ese solo y escueto comentario, bastó para que el ocurrente amigo ideara la historia que usted acaba de leer.

Autor: José Cruz Pérez Rucobo

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