Porfirio, accionista de su dictadura ( Pablo de llano, en EL PAIS)

Publicado el Octubre 19, 2015, Bajo Investigación, Libros, Opinión, Petróleo, Autor Maru.

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En una entrevista en 1908, tres años antes de ser derrocado, el presidente de la República, Porfirio Díaz, le dijo al periodista James Creelman: “Muchos mexicanos ignorantes piensan que su enemigo está al norte de nuestra frontera”, de donde se puede deducir a) que don Porfirio consideraba a Estados Unidos un amigo de México y b) que don Porfirio sabía, él mejor que nadie, que el enemigo de los mexicanos no estaba al otro lado sino dentro de sus fronteras.

Porfirio Díaz, un siglo en el exilio

Una ciudad mexicana erige una polémica estatua de Porfirio Díaz

Empresario y dictador. Los negocios de Porfirio Díaz (Editorial RM) es una investigación sobre un aspecto insuficientemente hoyado del general que gobernó México de 1876 a 1911: la manera en que aprovechó su poder para enriquecerse, o cómo según impulsaba a su país hacia la modernidad capitalista fue construyendo su propia red de inversiones e influencias.

Anudando su tarea historiográfica con la política de nuestros días, el autor, Jorge H. Jiménez, critica que los historiadores hayan valorado la relación de Díaz con los negocios como “un simple aval o respaldo a ciertas empresas […] antes que como algo basado en un interés privado”; sostiene que hoy se vive “la emergencia de una nueva admiración hacia el régimen porfiriano”, e interpreta que dicha revisión “encubre nuevos embates a favor del autoritarismo, la elitización social y la dependencia económica”, situando a Díaz como el padre de la corrupción institucionalizada y poniendo en retrospectiva una polémica central de la contemporaneidad mexicana, la doble faz —¿progreso y/o expolio?— de la apertura de riquezas a la inversión extranjera, controversia que ha revivido con la actual liberalización de la industria estatal del petróleo.

Dictador y empresario, pues, “mientras expandía su poder y consolidaba a la élite, se dedicaba a extraer un excedente para sí mismo, su familia y sus amigos”, escribe Jiménez, que llegó a la temática de los negocios del presidente por vía indirecta: estudiando el desarrollo urbano de la Ciudad de México durante el régimen se le reveló una constante en los cientos de actas notariales de los polvosos archivos mercantiles de la época, y esa constante era un nombre. Porfirio Díaz.

Tirando del hilo, o de las puntas del moustache del general, el autor descubrió el amplio rango de sus empresas personales, “que abarcaron aseguradoras, obras de ingeniería hidráulica, manejo de aguas para generar energía, minería, agricultura y una sociedad de corretaje para realizar actividades de intermediación de valores. Asimismo, incursionó en la producción de objetos de arte, ornamentación y efigies de celebridades históricas de bronce, elaboradas sobre todo por encargo de dependencias públicas”. También explica que fue accionista de los tres bancos más importantes del país e hizo de su hijo uno de los principales socios de los monopolios industriales de dinamita, hule y petróleo.

Jiménez considera que el momento clave para la transformación de Díaz en un presidente de negocios fue su viaje de dos meses por Estados Unidos en 1884. Si bien en el libro se advierte de que no consiguió todos los apoyos financieros que esperaba, y que encima padeció el aguijoneo de The New York Times, comprobó en sus encuentros con empresarios cuánto se podía aprender al otro lado de la frontera norte. Sabidurías como, por ejemplo, la que aplicó en 1905 cuando su gobierno adoptó el patrón oro, revaluándose las propiedades mineras del presidente y devaluándose la moneda en un 50%. En ese momento ya se deslizaba por la pendiente de la satrapía, manipulando a su gusto el Estado sin dar señales de pensar en bajarse del trono. “El sistema legal legitimó las reeleciones de un presidente que estableció una relación inquebrantable entre la modernización, el sistema de gobierno y el dictador. Estas circunstancias transformaron el país para beneficio de una minoría cada vez más pequeña que nunca abrió una alternativa que permitiera cambiar las condiciones económicas, educativas y sociales de la mayoría de la población”, afirma el investigador.

En 1911, Porfirio Díaz abandonó México y se exilió a Francia, donde, después de cuatro años viviendo de su fortuna cómodamente, falleció en París el hombre que sabía que los mexicanos no sabían quién era su enemigo.

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