Las complejidades del muro fronterizo de Trump

Publicado el mayo 27, 2017, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.


CONTRALINEA
Desde su campaña electoral, el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mantenido un discurso amenazante con relación a América Latina y el Caribe. Al asumir el cargo, el 20 de enero de 2017, generó una gran incertidumbre en la región y en el resto del mundo por su imprevisibilidad y tono amenazante –sostenido prácticamente para todos los actores en el sistema de relaciones internacionales–, si bien el choque con la realidad lo ha obligado a moderar gradualmente su discurso.

En el caso particular de México y la región de América Latina y el Caribe, dentro de las líneas fundamentales de política exterior de la nueva administración estadunidense destaca la persistencia en la construcción de un muro en la frontera con México, con el objetivo de detener la inmigración y preservar los puestos de trabajos de los nacionales.

La frontera entre México y Estados Unidos se extiende 3 mil 240 kilómetros y ya existe un muro construido de alrededor de 2 mil km, que cuenta con sofisticado equipamiento, diversos medios (aviones, tanques, drones, radares), efectivos militares en grandes cantidades y financiamiento sin límites. Quedaría por construir el resto: algo más de 1 mil km. Por tanto, la idea no es nueva. Mientras que el pago por México debe provenir, según Trump, del incremento de los aranceles a las importaciones y del impuesto de un 10 por ciento a las remesas desde Estados Unidos a México.

La construcción de ese muro, ordenada por Donald Trump el 23 de enero, a sólo 3 días de asumir la Presidencia, constituye un tema candente para el presupuesto estadunidense. En un reciente acuerdo bipartidista presentado al Congreso, republicanos y demócratas negaron a Trump los recursos solicitados.

Se dice que éste debe costar entre 13 mil millones y 21 mil millones de dólares [1] . Por el momento, el presidente ha pedido 1 mil 500 millones para el año fiscal 2017 y se prevé que pida otros 2 mil 700 para 2018 (año fiscal que se extiende de octubre 2017 a septiembre de 2018), lo que representa entre el 20 y el 30 por ciento del costo previsto.

Para la aprobación del presupuesto se necesita el voto de dos tercios del Senado y los republicanos tienen sólo 58 bancadas, por lo que se requieren ocho más –eso, suponiendo que todos los senadores republicanos voten favorablemente–, ya que los demócratas han amenazado votar en contra y probablemente lo hagan así.

A tono con esta previsión, los republicanos y demócratas presentaron recientemente en el Congreso un acuerdo bipartidista para el presupuesto de 1.1 billones de dólares, con la finalidad de mantener funcionando prácticamente todas las agencias federales hasta septiembre, pero negaron al presidente Trump los recursos solicitados para el muro fronterizo con México (La Jornada, 2017).

A esto se añade que no hay dinero suficiente. El gobierno ha anunciado que sólo tiene presupuesto para construir los prototipos y ya está cerrado el proceso de licitación en el que participaron alrededor de 700 empresas, algunas de ellas curiosamente mexicanas, como Cemex, que han sido acusadas por la Iglesia mexicana de traidoras al país. En fin, un sin número de barreras no fáciles de vencer.

Una fuente de financiamiento complementaria reside, según los planes de Trump, en el 10 por ciento de impuesto sobre las remesas, de las cuales depende para vivir el 80 por ciento de las familias mexicanas; y en la reforma fiscal, que incluye aranceles del 35 por ciento a las importaciones de equipos automotores desde México (Excélsior, 2017).

Lo primero –es decir el 10 por ciento de impuesto sobre remesas– es viable, siempre que el dinero se envíe por vías oficiales (hay que tener en cuenta que no siempre es así, pues muchas veces llegan a través de las llamadas mulas). En cualquier caso, México, por muchos años principal receptor de remesas en la región, recibe entre 20 mil millones y 25 mil millones de dólares anualmente (CESLA, 2017), algo así como el 1.7 por ciento del PIB. Esto representaría entre 2 mil y 2 mil 500 millones dólares para el fisco estadunidense, algo realmente no tan relevante.

En cuanto a la pretendida elevación de los aranceles, ello provocaría el incremento de los precios para los consumidores estadunidenses, un efecto contrario al que pretende el presidente con la medida, y que podría generar, además, medidas espejo o de respuesta por parte de México, distorsionando todo el comercio bilateral, cuyo monto es de más de 500 mil millones dólares al año, lo que significa más de 1 mil millones diarios, en las dos direcciones. Además de contradecir las normas de la Organización Mundial del Comercio sobre modificación y elevación de aranceles consolidados. En la actualidad, los aranceles son de cero o por debajo del 3 por ciento en virtud del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El muro formaría parte importante del esquema de seguridad de Estados Unidos. Tiene el propósito de proteger al país de presuntos criminales, narcotraficantes y traficantes de personas, pero sobre todo frenar el supuesto despojo de los puestos de trabajo de los estadunidenses por los inmigrantes, que no son sólo mexicanos, sino provenientes de toda América Latina y el Caribe. Por eso se dice, con razón, que el muro no es contra México, sino contra toda la región.

Sin embargo, según la evidencia histórica, los muros nunca han resuelto los problemas de inmigración ni de agresiones externas. La historia demuestra que la Gran Muralla China no logró contener totalmente las invasiones bárbaras al territorio chino, el muro de Berlín no logró contener las emigraciones del Este hacia el Oeste, ni los otros muros que hoy se construyen en Europa han resuelto la crisis de los desplazados por catástrofes naturales o guerras en África y el Oriente Medio. No va a ser que ésta sea la excepción.

El rechazo de los ambientalistas al peligro de contaminación y el influjo sobre el equilibrio de los ecosistemas es otro de los obstáculos difíciles de salvar. El muro causaría muchos males no sólo a México sino también a América Latina y al propio Estados Unidos.

El presidente cubano, Raúl Castro, ha declarado en la XIV Cumbre Extraordinaria del ALBA-TCP, en Caracas, Venezuela, el 5 de marzo de 2017 : “El muro que se pretende levantar en la frontera Norte de México es una expresión de esa irracionalidad, no sólo contra este hermano país, sino contra toda nuestra región. Expresamos la solidaridad de Cuba con el pueblo y gobierno mexicanos. La pobreza, las catástrofes, los migrantes no se contienen con muros, sino con cooperación, entendimiento y paz”.

Además, la construcción del muro ofrece otros obstáculos difíciles de salvar, como el de los propietarios de los terrenos donde se va a construir, que temen ser despojados por la fuerza u obligados a una venta forzosa; y la división de familias estadunidenses que quedarían atrapadas en territorio mexicano, entre los más relevantes.

Actualmente, se tiene previsto construir los prototipos de 1 kilómetro de longitud y con 4-9 metros de altura en San Diego, California, de modo que se pueda seleccionar la mejor variante.

De todos estos datos se desprende un par de lecturas rápidas: I. Se puede tratar de un negocio para muchas empresas, sobre la base de un interés económico del gobierno y el poder real en Estados Unidos; II. El muro es costoso y puede constituir un proyecto de difícil y demorada materialización.

Finalmente, si se construye, va a ser sin duda alguna en el mediano plazo y con numerosos obstáculos por salvar. Además, causaría muchos males no sólo a México, sino también a América Latina y al propio Estados Unidos.

Mariano Bullón Méndez*/Prensa Latina

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