Babel: Acerca de la producción social y de la destrucción social – Javier Hernández Alpízar (@HernndezAlpzar)

Publicado el septiembre 24, 2017, Bajo Columna de opinión, Nacional, Política, Autor mlucascir.


La terrible destrucción que han causado los sismos en Oaxaca, Chiapas, Ciudad de México, Morelos, Estado de México, Puebla y Guerrero e incluso Tlaxcala, en un contexto de daños generados también por huracanes, tormentas tropicales, socavones, inundaciones, nos permite comprender muy bien lo que es la producción social:

Todo el patrimonio material destruido es el producto del trabajo social, de la producción social, de generaciones de mexicanos, construido a lo largo de décadas, siglos, lenta, paulatina, colectiva y cotidianamente.

En apenas horas, los siniestros de causa natural destruyen una obra colectiva, común, social, en el centro y sur-sureste del país. Sin embargo, la destrucción es también social, porque evidencia la destrucción sistemática y deliberada del estado de bienestar: desmantelamiento de derechos sociales, como la salud, la vivienda, la seguridad social, y transformación del Estado en un gestor y protector de los negocios del capital y represor- disciplinador de la mano de obra, de los trabajadores y de la población en general.

La magna operación de la sociedad civil, popular, que se abocó al rescate desde el primer momento, especialmente después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, es la ilustración de lo que es la producción social. Miles de personas, sin ser ordenadas por nadie, se autooganizaron y colaboraron de manera compleja: con información compartida en red, por medios precarios (por daños en la energía eléctrica y lo limitado de las señales de telefonía e internet), pero sumando esfuerzos y trabajos para realizar una labor titánica: salvar vidas entre los escombros.

La producción social recuperó por unas horas, días, su autogestión y su verdadera naturaleza social: un trabajo para la vida, para la sociedad.

Es el mismo trabajo que realizamos todos los días, cotidianamente trabajamos y producimos la riqueza social, el territorio, las ciudades, el mundo de la vida y de la cultura, pero normalmente no lo hacemos de manera autogestiva sino subordinados a, y subsumidos por, el capital y el Estado: por eso la producción de riqueza social sistémicamente no se hace en función de la vida, la civilización y la cultura (el valor de uso de los bienes) sino en función del valor de cambio, el dinero y la ganancia e incremento de capital (valor de cambio y valorización del valor, capital):

Es como si un enorme trabajador, a la manera de un personaje de película de Miyazaki, se hubiera quitado una cabeza falsa que lo refuncionaliza para el sistema (capital significa cabeza) y se hubiera puesto su propia y natural cabeza que lo hace apto para un proyecto de vida, de salvar vidas para empezar. (El proletariado jamás está sin cabeza, cuando no tiene la propia, trae puesta la del capital.)

Esta producción social que trabaja en función de la vida, la civilización (sociedad civil, no militar), la cultura, la ciudad como obra colectiva (Henri Lefebvre, El derecho a la ciudad) es autogestiva y autoorganizada, es la que ha construido desde que el ser humano existe, lo que Fernand Braudel llama civilización material y Karl Marx valor de uso, producción social y Bolívar Echeverría, cultura.
El Estado mexicano, según Rinha Roux históricamente construido y consolidad entre Juárez y Lázaro Cárdenas, tuvo un breve paréntesis de estado de bienestar en un periodo de corporativismo del capitalismo mundial, ha seguido desde los años 80 la verdadera vocación del estado bajo el capital: ser el gestor de los intereses de la burguesía y el brazo armado del capital.

Es un Estado hecho para facilitar y hacer parte del trabajo sucio en la labor capitalista de explotar, despojar, reprimir y del colonialismo en despreciar y disciplinar, incluso mediante la muerte, a la población civil, con especial violencia contra mujeres, jóvenes, niñas y niños, indígenas, campesinos, obreros, migrantes y peor aún contra activistas, defensores, luchadores sociales, comunicadores y comunicadoras.

Un Estado que privatizó y enajenó todos los sistemas y aparatos productivos que poseyó y administró y se quedó solamente con el ejército burocrático- administrativo y sus fuerzas represivas: ejército, marina y distintas policías federales, estatales y municipales: es un Estado hecho para defender y apapachar al capital y para desaparecer, matar, reprimir y controlar a la población para mantenerla dócil al orden imperante de explotación, despojo, opresión y desprecio.

Por eso el Estado mexicano está preparado para reprimir en Chiapas, Oaxaca, Atenco, Michoacán, CdMx, Guerrero, donde quiera, pero no para salvar vidas ni para apoyar a víctimas en ningún lado.
La imagen de un militar que llega a los escombros con una metralleta y no con herramientas de rescate es elocuente.

La imagen de militares y marinos desalojando a los rescatistas que llevan horas de trabajo voluntario, esforzado y riñonudo, tratando de salvar a cada vida, para meter en su lugar a soldados con picos y palas y maquinaria pesada a remover escombros con celeridad, y ya no a salvar más vidas, es elocuente.
Así ha sido la vida del país en las últimas décadas y sexenios: la producción social tratando de producir y reproducir la vida, salvar el tejido social, y el capital y el Estado, con sus brazos armados oficiales y de facto disuadiendo mediante la violencia represiva, porque necesita meter el trascabo del despojo, de la “acumulación por desposesión”, de la imposición del orden explotador que piden los señores del dinero.

Y es la historia de la civilización occidental: un proceso de producción social que ha construido en siglos nuestras civilizaciones materiales y aun mercados (locales, regionales, no capitalistas), los bienes sociales, los valores de uso, la cultura, y una refuncionalización de esa producción social (desnaturalizada, intervenida y pervertida) bajo una nueva cabeza: el capital (y su Estado) para subsumir, subordinar y fagocitar, el valor de uso devenido en mero medio para el valor de cambio: eso es el capitalismo moderno, una estructura que parasita y luego refuncionaliza en su favor la producción social: arrebatándole tanto su autogestión como su vocación de servir a la vida y el valor de uso, la cultura, para servir, por el contrario, como medio, instrumento para la valorización del valor, el incremento, mediante la ganancia, del capital.

Con la industria capitalista, en el siglo XIX; se potenció la capacidad productiva del trabajo y la producción social pero a costa de subsumir la tecnología y la producción social al valor de uso: la subsunción primero formal y luego real del trabajo al capital.

Los logros de la labor de rescate civil, social, colectiva, son un claro ejemplo de producción social autogestiva: con trabajo de ese tipo se produce y reproduce la vida de la humanidad.

El momento en que por la fuerza de las armas el poder estatal retoma el control para meter maquinaria pesada, pensando ya en el negocio que harán las empresas inmobiliarias con la reconstrucción, es el regreso a la producción social subsumida y subordinada y controlada por el capital, su Estado y sus fuerzas armadas.

Desde las voces de los brigadistas civiles organizados sabemos que la labor de salvar vidas fue social, colectiva y de naturaleza civil. Por ello el discurso mentiroso del Estado de que ellos realizaron esa tarea, así como la labor mercenaria de propaganda de medios oficiales y comerciales de repetir el guión de que el Estado encabezó y coordinó las labores esconde el miedo de que la sociedad se haga consciente de que su trabajo (producción social) puede ser autogestivo, autoorganizado, autónomo de los gendarmes del capital.

Temen que descubran el poder civilizatorio (civil) de la producción social autogestionada.
Sin embargo esa memoria no se puede borrar fácilmente, la solidaridad horizontal, la ayuda mutua, en 1985 y en 2017 son apenas botones de muestra.

Si la vida y la civilización prevalecen, esa fuerza social será la que reconstruya el mundo, tras el imperio de la barbarie que hemos llamado capitalismo.

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