Endemoniado. Deliciosa biografía de Fiódor Dostoievski

Publicado el noviembre 11, 2017, Bajo cultura, RELATO, Autor Gargamela.


(Un 11 de noviembre pero de 1821 nacía el escritor ruso Fiódor Dostoievski. Acá, su trágica historia)

ENDEMONIADO

Fiódor Dostoievski se crió escuchando gritos de locura y alaridos de muerte: el jardín de la casa en donde transcurrió gran parte de su infancia lindaba con el parque interior del hospital Mariinsky de San Petersburgo. En ese establecimiento, su padre Mijaíl atendía a los enfermos de enfermedad o de dinero que padecían la vida.
Debido al desgaste de curar cuerpos sin cura, un día el médico impuso condiciones: uno de sus hijos, incluido Fiódor, debía permanecer al lado suyo después de cada almuerzo mientras él dormía la siesta. El objetivo era espantar con una rama de tilo a las moscas que se posaban sobre su sueño.

Con el correr del tiempo, las órdenes de Mijaíl fueron todavía más severas: les prohibió a los niños correr por el jardín y les impidió relacionarse con esas almas desangeladas, inermes y moribundas que andaban del otro lado de la reja sufriendo agonías. Aunque Fiódor no pudo quedarse en el molde: varias veces su padre tuvo que castigarlo por haber cometido el pecado de tocarle la puerta al diablo y entrar al infierno.

Aquellas reprimendas por compartir vivencias con los enfermos cesaron cuando la familia se mudó a una finca de Darovoie. Allí, Fiódor disfrutó del bosque, construyó chozas, jugó a ser indio y temió ser comido por lobos. También aprendió el abecedario, le dictaron Historia, Matemática, Literatura y Francés, y su padre le inculcó el Latín, la materia que más lo atormentó: en aquellas clases, que duraban más de una hora, Mijaíl no lo dejaba sentarse en las sillas ni apoyarse sobre los muebles. Desde el comienzo hasta el final, siempre parado.

No obstante, ese sufrimiento fue mucho menor que el que sintió en 1837, a sus 16 años, cuando falleció su madre a causa de una tuberculosis. La pérdida dejó a Fiódor turbado, pero no al borde de la demencia, como a su padre, que comenzó a tener conversaciones imaginarias con el fantasma de su esposa.

Para ese entonces, Fiódor ya estaba estudiando en la Escuela de Ingeniería Militar de San Petersburgo y esbozando sus primeros escritos. Fue allí en donde se enteró, en 1839, del fallecimiento de su padre, asesinado por sus propios siervos. Ni bien leyó la carta, se arrojó al suelo y empezó a echar espuma por la boca.

Meses más tarde, abatido por las muertes de sus progenitores e inspirado por los textos de Nikolái Gógol, finalizó su primera novela, “La pobre gente”. Aquella obra repercutió de manera plausible en la crítica literaria rusa y Fiódor ganó el boleto para ingresar gratis a los salones intelectuales sin que le revisaran los bolsillos.

Sin embargo, esos días en los que disfrutó de sus inicios como escritor, pronto se convirtieron en un suplicio: se quedó sin dinero, cambió de apartamento una y otra vez, escribió novelas sin gloria y creyó estar tuberculoso. Un día de 1847, su médico lo encontró blanco como un conejo en el medio de la calle, apoyado sobre los hombros de un escribiente del ejército, y lo diagnosticó al instante: “Eres epiléptico”.

Dos años después fue acusado de “haber alimentado proyectos criminales” en las charlas socialistas a las que anteriormente había asistido. Estuvo casi ocho meses en prisión, esperando el fallo, hasta que en diciembre de 1849 lo condenaron a muerte: lo llevaron a una plaza, lo subieron a un cadalso, le taparon los ojos y dieron la orden.

No hubo un solo disparo. En el último segundo, él y todos los prisioneros fueron indultados por el zar Nicolás I. A cambio del fusilamiento, Papa Noel dejó otro regalo: “Cuatro años de trabajos forzados en Siberia y otros cuatro como soldado de línea”. En Navidad, su fiesta favorita, Fiódor partió hacia la prisión de Omsk. El viaje duró casi un mes. Cuando arribó le tocó compartir celda con un hombre que había matado a hachazos a su señor y con otro que había asesinado a un nene de cinco años. Las cucarachas, las chinches y los piojos fueron los únicos que tuvieron el permiso de visitar a los reclusos, que mataron el tiempo creando torneos de groserías e insultos.

Luego de esos cuatro años en los que giró piedras de molino, acarreó ladrillos y molió alabastro a temperaturas superiores a los cuarenta grados bajo cero, Fiódor abandonó el penal y se unió como soldado raso a uno de los batallones de línea de Siberia, en Semipalatinsk.

Allí escribió “La casa de los muertos”, domesticó culebras alimentándolas con leche, y conoció a María Isaviev, su primera esposa.

Con ella, el 2 de julio de 1859, regresó a Rusia. Ni bien atravesó la frontera sacó algunas botellas de alcohol de sus maletas para brindar con el guardia fronterizo la vuelta a casa. O la vuelta a la nueva cárcel, porque sin que lo supiera, Fiódor fue vigilado en secreto durante la mayor parte de su vida, estuviese donde estuviese, por orden del emperador.

Casi un lustro más tarde, en un viaje a Wiesbaden, las que lo tomaron como prisionero fueron las fichas de casino. El virus que incubó en aquella ciudad luego se transformó en una enfermedad incurable: no solo llegó a estar hasta diez horas seguidas apostándole al rojo o al negro, sino que también en reiteradas ocasiones alcanzó a empeñar hasta su propia vestimenta para seguir jugando. Ni las alianzas de compromiso se salvaron.

El 15 de abril de 1864 su esposa María dejó de luchar contra la tuberculosis que la acechaba, y murió a los gritos: “¡Hay diablos! ¡Hay diablos en esta habitación!”. Tres meses después, Miguel, uno de sus hermanos, con el que Fiódor había fundado dos revistas, también exhaló su último suspiro.

Así, viudo de besos y viudo de abrazos, cambió su sangre rebelde por tinta indeleble: mendigándole a todo aquel que lo conociera por casualidad, abandonado en un cuarto de hotel en donde le ofrecieron únicamente tazas de té, postrado en una cama a causa de las hemorroides y en plena oscuridad porque le negaron hasta las velas, comenzó a escribir “Crimen y castigo”. Y nada más comenzó, porque en un ataque de furia tiró el manuscrito al fuego. Luego, volvió a empezarlo.

Cuando lo terminó y fue publicado recuperó su prestigio y brilló de boca en boca. Hasta se dio el lujo de contratar a una taquígrafa, llamada Anna Grigórievna. En su primer día de trabajo, él le dio la bienvenida con un violento ataque de epilepsia. De todos modos, eso no fue lo que más la disgustó a ella: “Usted lee muy rápido y no alcanzo a copiar”. Esa noche, al regresar a su casa, Anna le pidió a su madre que no le mencionara nunca más a ese loco escritor.

A ese loco escritor, el 15 de febrero de 1867, Anna le dio el “sí” en el altar. Y ese mismo año, meses después, una nena llamada Sonia le pateó la panza. Fiódor y su esposa la lloraron más de lo que la rieron: Sonia murió de frío al poco tiempo de nacer. No obstante, a principios de 1869, Anna quedó nuevamente embarazada, como lo haría otras dos veces.

Un año más tarde, luego de publicar “El idiota” y “El eterno marido”, inició su nuevo libro, “Los endemoniados”. Pero sintió que el tiempo y la pobreza le comían las manos:

“Créanme, sé perfectamente que si contara con dos o tres años asegurados para componer esta novela, como es el caso de Turgueniev, de Goncharov, o de Tolstói, yo también escribiría una obra de la que se seguiría hablando dentro de cien años”.

Y la escribió.

Casi una década después, el 28 de enero de 1881, luego de publicar “El idiota”, “Los endemoniados” y “Los hermanos Karamazov”, endemoniado y ahogado en su propia sangre Fiódor Dostoievski balbuceó las últimas palabras.

“Tacha lo que te parezca inútil”, le dijo a nadie, en pleno delirio, antes de fallecer.

Tras su muerte, un pintor pidió permiso, se instaló al lado suyo y comenzó a dibujarlo.

No tachó ni una sola vez.

ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA

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