LAS VISCERALES REACCIONES DE ESPAÑA A LAS CONMEMORACIONES DE MÉXICO

Publicado el agosto 13, 2021, Bajo AMLO, Internacional, Nacional, Opinión, Política, Autor @Sociologuito.

Ha llegado la fecha de conmemoración de la caída de México Tenochtitlan y, como era previsible, la representación española es la gran ausente, cabe decir, que por su propia decisión.

Ya ha sido ampliamente abordado en distintos medios el asunto de la carta filtrada dolosamente que dirigió el Presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España, Felipe VI, para participar en un evento conjunto encaminado a la reconsideración de la historia y al ofrecimiento de disculpas a los pueblos indígenas.

El asunto ha calado verdaderamente hondo y ha sido rechazado “con toda firmeza” por la cancillería española bajo el argumento de que “La llegada, hace quinientos años, de los españoles a las actuales tierras mexicanas no puede juzgarse a la luz de consideraciones contemporáneas”. De esta frase vale la pena indagar en cuáles son dichas “consideraciones contemporáneas”.

La prensa española, que pocas veces es benévola en su tratamiento de los temas latinoamericanos (hispanoamericanos o iberoamericanos, como se dice de aquel lado), ha sido prolífica en su abordaje del asunto, lo mismo que varios intelectuales a través de un uso pendular de la lengua que traída a América, que va desde la perfección gramatical hasta la pedantería que envuelve lo soez.

En el primer caso, es posible referir a Carlos Martínez Shaw, catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y miembro de la Real Academia de Historia, quien afirmó: “Hay que dejar hablar a la historia contando lo que ocurrió. Hay que argumentar con documentos, con investigaciones serias. No hay que pensar en adjudicar culpas, mucho menos con finalidades de reivindicación política”.

En el extremo opuesto se encuentra el sobrevalorado novelista Arturo Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española quien, a través de su twitter hace poco honor a la misma:

Dijo primero sobre el Presidente Andrés Manuel López Obrador: “Que se disculpe él, que tiene apellidos españoles y vive allí. Si este individuo se cree de verdad lo que dice, es un imbécil. Si no se lo cree, es un sinvergüenza”.

Tiempo después: “Todo un presidente de México, nada menos (en lo que México elige para que lo presida, allá cada cual y ahí no me meto), al que irritan mis opiniones. Híjole. Demasiado honor para un pinche gachupín como yo”.

Si hablar en español y tener apellidos españoles no es, desde lógica alguna, condición para que cualquiera se vea impedido forjarse una opinión, una postura, una convicción sobre determinados eventos históricos, mucho menos lo es para que, por ello, se le considere un imbécil. Esto es que, en el pensamiento de este autor acusado de plagio, todo discurso ajeno o contrapuesto a su ideología, que es la oficial de su país, es señal de pocas luces mentales.

Igualmente, si el que calla otorga, mediante un simplón recurso retórico, en lo que dice no meterse, en la realidad se expresa fehacientemente su opinión, no sólo del Presidente de México, sino de todos quienes lo llevaron al poder mediante el voto, alrededor de treinta millones de mexicanos, lo que equivale a cerca de dos tercios de la población total de España. Lo de “pinche gachipín”, pues él mismo lo ha dicho.

De vuelta a la afirmación de Martínez Shaw acerca de argumentar con documentos y de no adjudicar culpas con fines de reivindicación política, es posible atender a estas exigencias, junto con la de no juzgar a la luz de “consideraciones modernas”; para ello, merece la pena traer al presente las consideraciones de un español de hace cinco siglos:

“…Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? […] ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?”.

Estas palabras, pronunciadas por el evangelizador Fray Antón de Montesinos el 21 de diciembre de 1511 en la isla de Santo Domingo, fueron recogidas y asumidas por quien después sería el máximo defensor de los indios en América, Fray Bartolomé de Las Casas, personaje por demás malquerido por cierta intelectualidad española que le acusa de traidor a sus raíces y ser uno de los máximos propagadores de la Leyenda Negra.

En este año de conmemoraciones, el Presidente Andrés Manuel López Obrador ha realizado varios actos de recuperación y desagravio de la memoria histórica, tales como los relativos a las batallas de Chakan Putum, hoy Champotón, Campeche y de Centla, Tabasco, en el contexto de la conquista, en primer lugar y en el segundo, de petición de perdón a la comunidad china por la matanza de Torreón, perpetrada por orden de Benjamín Argumedo, revolucionario advenedizo y traidor que terminó pasándose al huertismo, así como por las masacres cometidas por el ejército porfirista en la fase final de la Guerra de Castas de Yucatán o Guerra Social Maya.

Frente todo este panorama de desencuentros históricos y diplomáticos cabe hacer la siguiente reflexión final:

¿Por qué la dura negativa del gobierno español de participar en los actos sugeridos por el gobierno mexicano?

En primer lugar, por una nula posibilidad de compaginar los discursos históricos que fundan los respectivos sentimientos nacionalistas. El valor del mestizaje y del indigenismo fue arraigado en México por efecto de las políticas culturales posrevolucionarias que articularon la identidad contemporánea del mexicano y, por el otro lado, es evidente que, no importando si se trata de la dictadura o de la democracia, de gobiernos de izquierda o de derecha, la visión de la historia con respecto a América, se sustenta en el discurso providencialista y civilizatorio iniciado por los Reyes Católicos.

¿Cómo sería posible así la menor crítica al evento por el cual un pueblo en expansión se convirtió rápidamente en el más grande imperio de su tiempo, aunque haya sido por obra de un puñado de malvivientes que capitalizaron a su favor los odios locales? ¿Cómo sería posible negar la misión salvífica y civilizadora por la que se destruyó la barbarie y la idolatría?

“España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra”, decía en el siglo XIX Don Marcelino Menéndez Pelayo y parecen seguir diciendo muchos hoy en día.

Estos argumentos centenarios, pues, persisten de aquel lado como “consideraciones contemporáneas” en las que no parecen estar presentes causas reales de la victoria castellana, como lo fueron los efectos de las alianzas indígenas, de las enfermedades ni del hambre por el sitio de Tenochtitlan; esto puede apreciarse debido a que en la enseñanza de la historia en los libros de texto españoles, se sostiene que la derrota mexica sucedió en la batalla de Otumba y no por causa del asedio a la ciudad.

Solamente en dos periodos de la historia española la nostalgia de las glorias imperiales perdidas se echaron a un lado: cuando tras la derrota frente a Estados Unidos en 1898 en la Guerra de Independencia de Cuba, surgió el llamado movimiento Regeneracionista, dentro del cual, Joaquín Costa sentenció: “En 1898, España había fracasado como Estado guerrero, y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid para que no volviese a cabalgar”.

El otro momento sería durante los gobiernos liberales del periodo de la Segunda República Española, cuando se miró a las naciones de este continente en calidad de estados iguales en importancia y derecho y no como viejas colonias rebeldes. Incluso se llegó a ofrecer la ciudadanía española a todos sus habitantes.

El resto del tiempo, parece persistir una idea de necesidad de tutela moral y cultural inherente en la mentalidad de la clase política e intelectual, tanto que ni si quiera es debatible, sin embargo, ante otros casos las “consideraciones contemporáneas” son bien distintas:

En 2015 fue aprobada una ley que otorgó la ciudadanía española a los descendientes de los judíos expulsados en 1492 y durante su visita a México en 2020, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, pidió perdón a los exiliados republicanos y represaliados de la dictadura franquista.

La diferencia no parecen hacerla los indios, sino el “maltrato” el presidente mexicano hacia la honorabilidad de las empresas españolas beneficiadas por los gobiernos anteriores.

Después de la conmemoración de los 500 años de la caída de México Tenochtitlan, tampoco la representación española está considerada para el evento a realizarse a propósito de los 200 años de la Consumación de la Independencia, el 27 de septiembre, razón por la cual el gobierno de Pedro Sánchez ha expresado su “enorme disgusto”.

Los eventos están a la vuelta y las condiciones planteadas por un país soberano como lo es México en nada eran ofensivas, en contraste con las viscerales reacciones tanto de los malquerientes domésticos del Presidente Andrés Manuel López Obrador, como de las más altas instituciones y personalidades españolas.

 

Fuente: polemon.mx

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