PERFILES: Mis recuerdos y el porvenir

Publicado el marzo 11, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

lilia

Escrito por Lilia Arellano

Lunes 10 de Marzo 2014

Dicen las que leen el futuro, las que ven en los astros la secuencia de lo que sigue en nuestras vidas, los que manejan esoterismo, que hay que hacer limpieza en los armarios y deshacerse de todo lo que no se utiliza porque de esa manera se van las malas vibraciones y llegan vientos de renovación que siempre serán provechosos.

Debe ser así, aunque ahora estoy en posibilidades de narrar que la experiencia tiene que ver con todos los sentidos y sobre todo, con los recuerdos, con el pasado que llega a través del olfato, del tacto, del oído y juntos hacen que el gusto aparezca, que casi puedan saborearse las evocaciones y, cerrando los ojos, tengamos muy vivas las imágenes.
Mi primer encuentro fue con una talquera, algunos la denominan polvera, aunque para las mujeres que me antecedieron en la familia ésta última era para el polvo facial, tenían espejo, se utilizaban con toda propiedad hasta en los lugares públicos.

La talquera era otro depósito, el que contenía el talco y en este caso era “Maja”, roja, con su sevillana como logotipo de presentación y soltando ese aroma que es inolvidable, que se tenía también en sus jabones. Me recordó ese Chetumal en el que los talcos sobraban, los había de muchas marcas con sus borlas suaves, aterciopeladas.

Recordé las cremas de las tres caritas, las Jergens, las que anunciaban porque preservaban la belleza del cutis, la lozanía. También apareció un escapulario de tela y ¡hace años que no tenía uno en mis manos! Como también hace mucho tiempo que no tengo el gusto de comprar una mantilla o una pañoleta, como se les llamaba antes, de las que uno se empeñaba en que fueran acordes con la vestimenta y que se lucían en las misas católicas con el mismo orgullo con el que lo hacían quienes estrenaban sus rebozos.

Casi volví a verme en esa ceremonia del medio día de los domingos en donde un ojo estaba al gato y el otro al garabato y éste se encontraba personificado en alguno de los jóvenes de la colonia sobre el cual ya se tenía puesta y muy dirigida la mirada.

Ese baúl, escondido, contenía un disco de 33 revoluciones, el duro, el que se rompía fácilmente, con el perrito y el sonógrafo que eran los que señalaban la marca de la disquera; el de 45 revoluciones, pequeño, con tan solo una melodía en cada lado y que requería de un aditamento especial al centro del tocadiscos para poder ser escuchado.

¿Las melodías? Esas sí que requirieron de un gran esfuerzo para recordar tonos y letras. Avelina Landín, las hermanas Águila, Toña la Negra, Amalia Mendoza, Fernando Fernández, Juan Mendoza “el tariácuri”, Lola Beltrán, Flor Silvestre, y así pasaba de tararear Oración Caribe a Paloma Negra o a aquella que dice:

“Humo en los ojos, cuando te fuiste, cuando dijiste muerta de angustia, no volveré”. Los suspiros se hacen presentes. El alcoholismo era entonces la gran plaga, del cigarro solo se advertía que ponía los dientes y los dedos amarillos.

Se deambulaba por las calles en las madrugadas, se asistía en provincia a bailes populares, la vida tenía otro color y era mucho más sana. Las penas de amores se curaban cantando “quise hallar en otras bocas el alivio, al cruel daño que tu engaño me causara” y no con suicidios tan escalofriantes como se producen en el presente aunque se escuchara un “arráncame la vida” porque era con “el último beso de amor” y así, pues cualquiera se deja caer ¿o no?

Aunque también habrá que tener presente que por aquellos tiempos surgían, al igual que ahora, las campañas negras. Del talco se dijo un tiempo que, al ponerse en los pies provocaba hongos y se fue perdiendo esa costumbre tan femenina de talquearse después de un buen baño. Y es que esos productos tenían un efecto que no han logrado ni los bikinis ni las minifaldas, que no fuese solo la mirada la que siguiera a los cuerpos y rostros sino también el olfato y se despertaran con mucha más viveza el resto de los sentidos.

No había celulares, las comunicaciones no caminaban con la velocidad actual, las televisiones eran en blanco y negro, los radios permanecían prendidos durante prácticamente todo el día y parte de la noche. Las familias se congregaban para escuchar a “Chucho el Roto” y otras radionovelas que no solo tenían contenido del que provoca lágrimas y sufrimiento, sino que hasta eran aleccionadoras y provocaban risa, sobre todo cuando se escuchaba el trote de los caballos, sonido que se producía moviendo los dedos sobre la madera. Los señores jugaban cartas, brisca era lo más frecuente y en las cantinas no faltaba el dominó.

Se acumulan los recuerdos y es imposible tirar la talquera, deshacerse de los discos, mandar al cesto el escapulario, intentar fundir aretes y anillos que lucieron otras mujeres en otros tiempos y que ya no tienen “pareja” o les faltan piedras. No sé qué pueda tener cada quien en esos baúles o cajas que en mucho tiempo no se abrieron, pero en las mías están acumulados recuerdos que son los que hacen sólidos y mejores los días por venir, porque si hubo tiempos claros, limpios, estos pueden volver ¿no cree usted?

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